Para meditar y reflexionar : “La cultura es el eje transversal de toda transformación revolucionaria»

    “La cultura es el eje transversal de toda transformación revolucionaria. Un pueblo sin cultura solamente podrá aspirar al cemento armado y al carro de último modelo. La cultura es la percepción que tenemos del mundo. La forma en que accedemos al otro. La posibilidad de llenar el espíritu de una sensibilidad bondadosa. Es la fuente de nuestro comportamiento y la herramienta para manejar el buen vivir en la sociedad”.   Estas palabras plenas de sabiduría que nos llaman a la reflexión fueron publicadas hace más de 60 años por Benjamín Carrión Mora, un escritor, político, diplomático y promotor cultural ecuatoriano, nacido en Loja en 1897 y fallecido en marzo de 1979, en Quito.   Con una mirada casi profética, este hombre múltiple escribió una descripción de la sociedad de entonces que bien podríamos aplicar a las actuales generaciones: “La nueva clase media pronto olvida a quien posibilitó su ascenso y se convierte en estrella semanal del supermercado. La competencia empieza a ser la ideología de la clase media y el vestido de marca se transforma en su piel. Dios es el mercado; el centro comercial, la nueva iglesia y el cliente, su esclavo fiel”.   Sobre los valores morales tan escasos y venidos a menos en la actualidad, inspiradamente señaló: “La honradez, la lealtad y la solidaridad, son lobos esteparios arruinados. El pueblo, gordo de avaricia, tambaleándose en la nueva realidad, no sabe qué hacer con lo que tiene. Le han caído del cielo, los hospitales, las universidades, las carreteras, el trabajo, el sueldo mensual, las pensiones. Se le entregó el pez sin enseñarle a pescar”.   ¿Y qué decir de los modelos que tenemos como ídolos? Verdaderos ídolos con pies de barro. Así lo describe Carrión: “La televisión nos muestra denigrantes estereotipos de nosotros mismos; el cine nos enseña la manera más sofisticada de asesinar a tu padre; en la política, falsos profetas; en la administración pública, prestidigitadores del hurto; en la escuela, el implacable ejemplo de las drogas; en la familia, la violencia y el alcohol; en la vida cotidiana, la grosería, el trato burdo, el insulto brutal”.   Ante este desalentador diagnóstico, su consejo es el siguiente: “Por eso hay que llegar al pueblo con humildad; por eso hay que tocar sus resortes guardados, para que salte su sensibilidad. Por eso hay que llenarlo de poesía, de música, de literatura, de teatro y de la sabiduría de hombres y mujeres que construyeron la patria. Por eso hay que poner en sus manos el arte, la ética y la estética, porque si para algo sirve la cultura, es justamente para eso: para sensibilizarnos y para hacernos más comprensivos e incluyentes”.   Sin embargo, Carrión dice que la ceguera de un pueblo aturdido, un pueblo al que no se le dio la oportunidad de abrir su corazón a la cultura, termina dando cabezazos, griteríos y blasfemias, sintiéndose olvidado y herido, dispuesto a sacarle los ojos a su propio hermano o padres.   Esta es la Nueva Sociedad que nos describe Carrión hace poco menos de una centuria y, hay que reconocerlo, le atinó medio a medio, porque nuestra sociedad actual concuerda también tal como se anticipó en las propias Sagradas Escrituras: Altiva, soberbia, belicosa, engañadora, ególatra y, sobre todo, sin amor del bueno, la causa de todos los males que presenta la sociedad del siglo XXI.

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