Paolo Giordano: «El gen del fanatismo existe en cada uno de nosotros»

 

 

El italiano Paolo Giordano (Turín, 1982) tenía solo 25 años y el título de licenciado en Ciencias Físicas cuando, de repente, se convirtió en un escritor de éxito.

Su primera novela, «La Soledad de los Números Primos» -que contaba la historia de dos jóvenes cuyas vidas estaban fuertemente marcadas por sucesos que vivieron en su infancia- recibió elogiosas críticas, prestigiosos premios, fue traducida a más de 40 lenguas y vendió millones de ejemplares en todo el mundo.

Ahora, a sus 37 años, Giordano vuelve a ocuparse de los jóvenes en su nueva novela, la cuarta.

Se llama «Conquistar el cielo» y el título ya lo dice todo: trata sobre de la fuerza, la pasión y las ganas de comerse el mundo que embarga a un grupo de adolescentes. Una fuerza tan desmesurada que en algunos casos lleva al fanatismo.

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Once años después de «La soledad de los números primos» regresa usted en su última novela, «Conquistar el cielo», a los jóvenes como tema literario. ¿Qué encuentra de fascinante en la juventud?

Creo que los jóvenes y solo ellos tienen de verdad la llave del futuro en sus manos. Incluso si no lo saben. Son ellos los que están vinculados con la transformación.

Y, dado que estoy interesado en el presente y en las transformaciones que tienen lugar, es natural que para encontrar la manera de contar eso a través de los personajes regrese a la juventud.

Usted tiene ahora 37 años, pero el mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas. ¿Son los jóvenes de hoy muy diferentes de los de su tiempo o cree que en esencia son muy similares?

Creo que la esencia de la juventud es la misma, siempre: el miedo, el deseo, la necesidad de ser aceptado y de reconocerse en los demás, la dolorosa negociación con el propio cuerpo, el esfuerzo por construirse opiniones.

Pero creo que el mundo de los adolescentes contemporáneos es realmente muy complicado. Demasiado complicado.

Internet, las redes sociales, y todo lo que gira en torno a ello, conducen a una exposición muy precoz y a interacciones múltiples muy complicadas. La competitividad se ha hecho aterradora en muy poco tiempo.

No envidio a los chicos y chicas de hoy. Pero estoy sinceramente convencido de que están desarrollando una fuerza específica, agallas para respirar dentro de este nuevo líquido, que nosotros no sabemos ver. Y nos sorprenderán.

La juventud es por excelencia el período de los sueños, de las utopías. Pero, como nos muestra en «Conquistando el cielo», también puede ser un período de radicalización peligrosa. ¿Están los jóvenes en general más expuestos a la radicalización que los adultos?

Los 20 años son la edad de la radicalización.

Es el momento en el que tratamos de afirmar nuestra visión del mundo y, mientras tanto, nos vemos poseídos por las visiones del mundo de los demás. Es un momento de fuerte energía, pero todavía de poco control.

No es casualidad que sea el momento en que el que algunos se hacen soldados o se casan precipitadamente o convierten su trabajo en una religión.

Es esa edad que Conrad ha descrito tan bien en «La línea de sombra», cuando puede llegar ese «malestar inmaduro» que nos empuja a tomar decisiones imprudentes.

Además, el radicalismo es una respuesta específica a los tiempos que vivimos.


Cuando la complicación se vuelve excesiva, cuando la libertad absoluta para elegir se convierte en una fuente de angustia, es normal que algunos que son más débiles decidan confiar en doctrinas que prometen pensar por ellos, que dividen netamente el bien del mal.

Bern, uno de los protagonistas de «Conquistar el cielo», es un niño transgresor que luego se convierte en un peligroso radical. ¿Podemos todos volvernos radicales en algún momento?

Una vez escuché a Amos Oz (el escritor israelí) decir que el «gen del fanatismo» existe en cada uno de nosotros. Y también yo lo creo.

Sí, en cada uno de nosotros existe la posibilidad silenciosa del fanatismo, tal vez en la comida, tal vez en la política o en la familia o en el deporte. Las formas pueden ser muchas y más o menos peligrosas.

Pero la raíz no es tan diferente.

El modo en el que se expresa ese gen depende mucho de la condición social, económica y educativa en la que hayamos crecido.

Bern crece en un contexto de aislamiento y pobreza, y por eso es incapaz en un momento dado de resistir al impacto de ciertas situaciones.

Sin embargo otros, como por ejemplo Danco, sí son capaces de reconocer dónde están los límites que hay que respetar.

¿Y qué condiciones son necesarias para que una persona normal se convierta en fanática?

Creo que es un recorrido muy misterioso. Y ciertamente muy ligado a la soledad, a algo que se incuba en el silencio.

Imagino que cada radicalización es diferente. Pero casi siempre hay detrás causas sociales, económicas y familiares complicadas que se mezclan.

¿Existe alguna receta para evitar la radicalización?

Una educación lo más sólida y abierta posible. Verdaderos afectos. Y, lo que debería preocuparnos más, una política que no deje a nadie al margen, en manos de la frustración.

 

Existe un hilo muy fino entre transgresión y radicalización. Pero, ¿puede la transgresión ser positiva y, por lo tanto, necesaria?

La transgresión es un impulso saludable y necesario, especialmente en la juventud. Es la única forma de convertirse en individuo, de comprendernos a nosotros mismos y a nuestros deseos.

La mitología griega, la Biblia y toda la literatura se caracterizan por la transgresión, que como puede ser una fuente de dolor a menudo también es fuente de vitalidad.

Yo me arrepiento de haber sido demasiado obediente cuando era joven.

Pero es importante que el mundo y el contexto social sepan crear un ambiente acogedor y elástico para contener las transgresiones de la juventud. Para limitar los peligros y los excesos.

Bern es un radical pero al mismo tiempo es un joven con una inmensa habilidad para seducir, para convencer a otros para que le sigan y abracen sus ideas. ¿Los jóvenes están especialmente expuestos a ser influenciados por otros?

La adolescencia es la edad en la que estamos más expuestos al encanto y al juicio de los demás. Un escritor italiano que amo por encima de todos, Cesare Pavese, hablaba del ascendente que los más fuertes ejercen sobre los más débiles.

Si pienso en cómo crecí yo, me doy cuenta de que casi todos los cambios importantes fueron impulsados por el encanto de una persona a la que me quería parecer.

Justo como ocurre con Bern.

Y al igual que Bern yo no me daba cuenta de que, mientras yo imitaba a alguien, había alguien que me imitaba mí.

Hoy, con las redes sociales, ¿cree que ha aumentado la capacidad de influir en los jóvenes? ¿Los jóvenes de hoy necesitan más que nunca ganarse la aceptación de los demás?

Lo repito tanto que corro el riesgo de parecer obsesionado y, de hecho, es algo que me obsesiona: las redes sociales amplifican esta necesidad de agradar y de fascinar a niveles muy peligrosos, que no todos -y quizás ninguno- pueden soportar.

Si los adultos no pueden, imaginemos a los chicos y chicas. En la actualidad todos los estudios coinciden en que las redes sociales son una causa de ansiedad constante, y con frecuencia de depresión.

 

Yo no soy en absoluto positivo ni tengo ninguna esperanza al respecto.

No me da vergüenza decirlo. Creo que todo esto es un flagelo para las mentes jóvenes.

Y que es el principio de un conformismo muy peligroso a nivel social. Pero los efectos de esta exposición continua y masiva ante los ojos de los demás solo la entenderemos dentro de unos años.

El mundo actual está experimentando una crisis de utopías. ¿A qué lo atribuye?

Esta última fase del consumismo ha generado saciedad y un entumecimiento de los que es difícil salir.

No estoy diciendo que sea imposible imaginar una realidad fuera del capitalismo en el que estamos inmersos. Las utopías requieren imaginación primero.

Otro de los protagonistas de «Conquistar el Cielo», Danco, es un joven bastante tranquilo que estudia Física, como la estudió usted. ¿Es un poco su alter ego?

No. Digamos que se parece a compañeros que conocí en mis años de Física. Danco es para mí un nuevo tipo de humano que ha llegado al mundo: competente, muy racional, muy seguro de sí mismo, vagamente anafectivo (incapaz de amar).

Tenía muchas ganas de describir este nuevo tipo humano. Creo que la literatura también sirve para eso: para reconocer antes que cualquier otra disciplina a los nuevos «seres».

«Conquistar el cielo», como antes «La soledad de los números primos», es una reflexión sobre la irremediable soledad vinculada a la juventud…

Y no solo a la juventud, me temo. Y eso que en «Conquistar en Cielo» los protagonistas al menos hacen todo lo posible para construir algo juntos.

Quizás el sentido de cada comunidad está justo ahí, en intentar, en hacer el esfuerzo de compartir un proyecto, asumiendo el riesgo de fracasar.

Tenía solo 25 años cuando «La Soledad de los Números Primos» le catapultó a la fama literaria. ¿Cómo logró sobrevivir a ese éxito tan descomunal siendo tan joven?

Quizás no sobreviví. Pero en realidad nunca pienso en aquel éxito. De verdad que nunca.

Siempre pienso en el libro que quiero escribir. En nuevos personajes. En el nuevo pedazo de realidad que me gustaría capturar.

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