Presentación en Plaza de Copiapó, diciembre de 2025
Por Arturo Volantines
Dos aspectos de la poesía actual me resultan importantes cuando tengo que hacerme opinión de algún poemario que llega a mis ojos.
Lo primero, es la radicalidad que pueda contener. Pienso en Vicente Huidobro, César Vallejo, Guillermo Deisler, entre otros. Fundamentalmente, en Oliverio Girondo, quien llevó la radicalidad poética hacia un estadio elevadísimo. Su texto: En la masmédula, es la mayor expresión de esta radicalidad artística, donde el autor trasladó su práctica a territorios insondables.
El otro aspecto que me convoca es la poesía con lugar de origen, como es el caso del irlandés, Seamus Heaney, el cual hace florecer el territorio a partir de su territorio nativo y “que exaltan los milagros cotidianos y el pasado viviente”. Al cemento urbano le antepongo el cimiento tutelar y al pastiche neo parriano, la cultura identitaria.
La etnopoesía tiene reconocimiento sureño. También, tiene expresiones en el Norte Infinito por su particularidad geográfica, por su ethos y por su épica; pero es poco reconocida por el establishment centralista. Claro, suele usarse externamente la toponimia —aquí y allá— como un recurso, lo cual termina siendo expresión externa y oportunista. Es enorme el diablo de lo huero cuando se confunde con el hallazgo. Sin embargo, si se hunde en la esencia del terruño, como arado en la tierra húmeda, florece la singularidad distintiva.
Cristina Larco en su poemario Sal se acerca a lo antes dicho. O, a lo menos, procura volverlo visible. Sal, recorre todo el poemario: significando o denotando diversas aproximaciones al concepto del devenir: a la vida, a lo proprio y al brote. Además, de expresar el lugar (El Salvador, Atacama), manifiesta lo femenino y lo erótico. En la página 50, en el poema Aun, señala: “Aun cuando el sol/ desgarre mi corpiño rojo/ y acompasado se adentre/ Aun cuando el océano/ deje sudores de sal/ sobre mi almohada/ y un cielo arriba/ me traiga en su vaivén/ el granizo de las ultimas gaviotas// Aun cuando sea otro/ mi reverbero de luz en la vigilia/ y se venga la noche/ con sus sueños oscuros// Tú sobre mi cuerpo desnudo/ y tu boca/ siempre tu boca”.
Lo que caracteriza más a este poemario: es el albur de la nortinidad, como lo dedicado al padre, al telar y en lo referente al desierto florido. Se mantiene en todo el texto la atmósfera atacameña: en el paladear y en el ser que está vestido por la palabra ancestral: Alicanto, Ayllu, Chacana, apir, Chachacoma, Amancay, etcétera.
También, connota su residencia atacameña a través del canto a la piedradura y a los pueblos mineros. Entra al paisaje humano de hombres y de mujeres sembrando en este paraje, y en el espíritu de estos promeseros que llenan los cementerios con flores de papel. Destaco el poema: La sal de los obreros, En homenajes a los caídos en el mineral de El Salvador 1966. En la página 21, una estrofa, dice: “Piedra libre era mi lucha en las trincheras./ Piedra libre desde entonces/ Escarbar en los pirquenes/ Ser espuma en el aire escaldado en los mares./ Y el apir en memoria del desierto/ la difícil tarea revivir a los caídos/ en la hondonada absurda del poema/”.
Signante de lo anterior, representa muy bien, el poema denominado: Telar. Aquí, florece algo más allá de lo meramente denotativo y de lo que amalgaman las palabras: nace un constructo estético; reaparece o se hace visible algo que existe, pero que aún no vemos suficientemente. En cierta forma, hila de lo que somos los atacameños.
Telar (pág.16): “Ábreme telar del cielo que he venido/ a la hebra inicial del novilunio/ a buscar aquello que me llama/ Y estás aquí Angelina/ con un jarrón de cocho humeante/ sobre la hornalla/ y tu vaho de duendes/ preparando la fiesta de papeles y harina/ angelando retales de un confín que no existe/ y contigo las Warmis tejedoras de pueblos/ El color de su estambre revive en la sal/ horizontes ocres y bermejos/ y un cielo azul jacinto/ Cada urdimbre es un Ayllu cada nudo un verso// Abuela ya es noche en el telar atacameño/ y voy ligera/ Aflora la luna que me diste la que enseña a hilar sueños/ y urdir el verbo a la manera antigua/ La luna Pacarina y el tejido de chirlera/ a punto de parir una baguala/ Ovillo y conjunto para hallar el origen.// Angelina En el oleaje de astros/ Amarra el telar a mi cintura/ El tejido más lúcido en crecientes y menguantes/ La trama de mi misma./ Deja una hebra suelta que recoja mis versos/ cuando sea ceniza/”.
El relato atacameño se viene tejiendo desde la épica. Pero, antes y durante la poesía es la simiente (al decir, también, de Alfredo Jocelyn Holt); si no, preguntémosle a Pedro León Gallo, a Pope Julio, a Delfina María Hidalgo, a Ramón Escuti Orrego. Cuando se nos atasca el hecho histórico o el olvido, el desierto nos vuelve chañar o algarrobo, para hacer florecer la poesía. Esta Sal de Cristina Larco es arrope legítimo del Norte Infinito.









