Por Felipe Vergara Maldonado
Analista político
Director de Postgrados FEN UNAB
Hay una distancia considerable entre el entusiasmo con que Trump proclamó desde su red Truth Social que el acuerdo de paz con Irán estaba «completo» y la aclaración del viceministro iraní, quien, si bien confirmó el cese de hostilidades, precisó que las negociaciones definitivas comenzarán recién en un plazo de 60 días. Entre esos dos momentos hay mucho terreno que todavía no existe; podemos afirmar, entonces, que la firma en Ginebra abre un proceso muy importante por cierto, pero que está lejos de cerrarse.
Lo que sí termina, o al menos se suspende, es el bloqueo naval en el estrecho de Ormuz y la interrupción de uno de los corredores energéticos más estratégicos del planeta. Por ese paso transita aproximadamente un quinto del petróleo que consume el mundo; que esté cerrado o abierto es una variable que determina el precio del combustible en cada estación de servicio del hemisferio sur, incluyendo las de nuestro país.
Los mercados lo entendieron de inmediato; el crudo Brent cayó más de cinco puntos porcentuales en pocas horas, el WTI retrocedió en una proporción similar y las bolsas de Asia y Europa respondieron con alzas importantes. Fue una reacción lógica, aunque esa euforia inicial puede ser prematura, a sabiendas que un titular no es una política, y un acuerdo, no es su cumplimiento.
Ese matiz importa especialmente porque el acuerdo deja sin resolver la cuestión nuclear iraní, que es precisamente el principal foco de la desconfianza histórica entre ambos países. Trump señaló con despreocupación que la remoción del material fisionable ocurrirá «más adelante, cuando estemos listos». Lo que parece extraño es que esa frase fuera enunciada como un trámite menor y es por eso precisamente que se observa fragilidad en la arquitectura interna de lo que se ha negociado; así, el mentado programa nuclear iraní no desaparece por decreto; simplemente queda postergado.
La tensión con Israel agrega otra capa de complejidad. Netanyahu atacó Beirut pocas horas antes del anuncio, lo que irritó visiblemente a Trump -una vez más-, quien lo calificó como un error innecesario. La relación entre Washington y Tel Aviv, que ya mostraba grietas en las semanas previas, no va a mejorar en la medida que el acuerdo con Irán se consolide. Esto, porque Israel lee cualquier rehabilitación de Teherán como una amenaza directa, y esa lectura no se modifica por mucho que cambien los titulares.
Para nuestro país, sin embargo, la dimensión más inmediata de este acuerdo no es geopolítica sino económica, y afecta directamente el bolsillo de las personas. Chile importa prácticamente todo el petróleo que consume; cuando el precio internacional del crudo sube, el país lo absorbe en los surtidores, en el costo del transporte, el precio de los alimentos y la inflación general. Eso fue exactamente lo que ocurrió en marzo, cuando los combustibles registraron alzas pocas veces vistas como consecuencia directa de las tensiones en el estrecho de Ormuz. Este incremento fue una presión real sobre los presupuestos familiares, especialmente en los hogares de menores ingresos, pero también golpeó, junto a los recortes presupuestarios, en la popularidad del presidente Kast.
Una baja sostenida en el precio internacional del crudo debería, en las próximas semanas, aliviar en algo esa presión, pero el traspaso no es automático y depende del tipo de cambio y de que los mecanismos de estabilización de precios jueguen su papel, pero la dirección del efecto alivia a los hogares; sin embargo, difícilmente llegaremos a los precios de los combustibles previos al conflicto. Para el comercio marítimo habrá también un efecto de mayor estabilidad que facilita el intercambio.
Frente a todo esto, la Cancillería reaccionó con la mesura que corresponde a un país que cuida sus relaciones multilaterales, calificando el acuerdo como un avance relevante. Es la respuesta correcta para el momento, sin comprometerse con una euforia que los hechos todavía no justifican del todo.
Se debe seguir atentos a lo que viene, porque no hay que olvidar que los acuerdos con Irán tienen historial. El “Acuerdo Nuclear de Irán», de 2015 fue construido con años de negociación y desmantelado por el mismo Trump en su primer mandato. Lo que se firma el viernes en Ginebra es un punto de partida con buenas intenciones declaradas, pero no un cierre definitivo; la región más volátil del planeta no se estabiliza en un fin de semana.








