En Julio de 2026, hemos desarrollado una expedición a la selva amazónica de Brasil, cuya temperatura promedio gira en torno a los 30ºC-35ºC y con frecuentes precipitaciones incluso en la estación seca o verano amazónico –de Junio a Noviembre–, que genera una baja en el nivel de los ríos.
La mata o Selva Primaria se caracteriza por gigantescos árboles de gruesos troncos que forman un “techo verde” muy cerrado y que deja pasar escasa luz. Literalmente, miles de plantas, lianas, flores, árboles, insectos y animales –donde resalta el onza (Puma yagouaroundi), el perezoso (Bradypus variegatus) y el boto o delfín rosado (Inia geoffrensis)– conviven, en esta región de magnífica y despiadada belleza.
Es la Primera Tierra. Das Urwelt.
La expedición partió en barco el 10 de Julio desde la ciudad-puerto de Manaos, en el Estado de Amazonas, hasta alcanzar al pintoresco municipio de Barcelos –donde se encuentra Mariuá, el archipiélago más grande del mundo, con alrededor de setecientas islas–.
Luego, desde Barcelos, remontamos el río Negro hacia el poniente, alcanzado así el río Araçá y Dimini. En un punto del trayecto, debido al bajo nivel de las aguas, debimos dejar la barca y proseguir en boadera o lancha rápida.
El 17 de Julio, desde el campamento base, se emprendió una ardua marcha a través de la mata –con temperaturas sobre los 33ºC y una humedad en torno al 77% y la presencia constante de mosquitos, avispas, arañas y hormigas, logrando al tercer día, el ascenso al magnífico Tepuy de Aracá –originalmente llamado Tepuy do Curupira– con una altura de 2000 msnm.
Tepuy es una voz indígena pemón-arekuna que significa “Morada de los Dioses”.
Los tepuy son un tipo de meseta de relieve abrupto, de paredes casi verticales y cimas planas, propias del Escudo Guayanés, encontrándose en el sureste de Venezuela, Colombia, Guyana y por cierto, en Brasil.
Los tepuy tienen alrededor de 1700 y 2000 millones de años, es decir, se remontan al período Precámbrico, hecho que los establece como unas de las formaciones geológicas más antiguas del planeta.
El autor en el borde un precipicio junto a una gran cascada o cachoeira de más de 350 m de altura.
Esta expedición al corazón del Amazonas, a la Naturaleza primigenia del planeta, ha permitido observar el activo e implacable ciclo biológico del nacimiento, crecimiento, muerte y renacimiento: La vida y la muerte son sólo dos manifestaciones visibles de una misma esencia y sus múltiples manifestaciones en eterna transmutación.
La expedición, es también un viaje que persigue las huellas casi olvidadas de la historia primigenia, de la historia prohibida que habla de dioses y sus descendientes –nuestros lejanos ancestros–. Nos acompaña Tatunca Nara, último cacique de los ugha mongulala, el legendario pueblo de Akakor –la Primera Ciudad de los Dioses–.
Las comunicaciones realizadas por Tatunca –nombre que significa “Gran Serpiente del Río”–, son sencillamente extraordinarias: Su pueblo fue instruido por los “dioses” descendidos de las estrellas –es decir, por seres extraterrestres– que les permitió poseer conocimientos para el desarrollo de una alta y hoy ignota tecnología –como por ejemplo, vehículos voladores que se trasladaban por el planeta– y sabiduría que desafían todo el dogma historiográfico de la América precolombina –y ciertamente, del mundo–, abatido a raíz de la última gran catástrofe cósmico-planetaria en torno a los 12.000 años –el impacto del Cometa Clovis (±12.800-12.900 años)–.
Los sobrevivientes preservaron el conocimiento de sus ancestros y perpetuaron a través de la tradición sagrada su acervo cultural hasta prácticamente sucumbir en guerras inter-tribales hacia la década de los setenta del siglo pasado, refugiándose en Akakor.
De modo certero, Tatunca Nara ha hablado sobre el destino de los hombres y del mundo:
Todo ha sido devastado… La Naturaleza ha sido sobreexplotada y destruida… Los dioses están aquí y han determinado el fin del presente ciclo, a través del fuego y del agua.
Tal como aquellas figuras de los antiguos mitos y leyendas áureos de la América Aborigen que inútilmente advirtieron a los hombres de la próxima Gran Catástrofe, las palabras de Tatunca son comprendidas por pocos. Pues en el lejano horizonte se vislumbra el nuevo Ragnarökr, el Ocaso de los Dioses o Tripalafken de TreņTreņ y KaiKai que sacudirá a la Tierra para permitir la restauración del “orden cósmico”.
Tras el magno proceso planetario –el fin del presente ciclo–, advendrá una Nueva Edad.
Y una nueva humanidad.
Por Rafael Videla Eissmann
*Imagen de portada: «La sublime y poderosa Amazonía de Brasil».








