La promulgación de la Ley “Escuelas Protegidas” vuelve a poner la seguridad escolar en el centro del debate. Pero, junto con el resguardo físico, expertos advierten que el bienestar emocional de niños y adolescentes también debe ser parte de las prioridades para favorecer su asistencia, motivación y aprendizaje.
La promulgación de la Ley “Escuelas Protegidas” por parte del presidente José Antonio Kast refuerza las medidas de seguridad en los establecimientos educacionales, incorporando nuevas herramientas para enfrentar situaciones de violencia y amenazas, entre ellas protocolos de revisión de mochilas y mayores atribuciones para los docentes.
La iniciativa responde a un escenario que genera preocupación al interior de las comunidades educativas. Según cifras de la Superintendencia de Educación, las denuncias por maltrato contra adultos aumentaron un 58% entre 2023 y 2025, pasando de 441 a 695 casos. A esto se suma que durante 2025 se registraron, en promedio, 893 delitos por porte de armas en establecimientos educacionales, de acuerdo con cifras de Carabineros.
Si bien la nueva legislación pone el foco en fortalecer la seguridad física, para el colegio online chileno, Brincus existe otro desafío que debe ser abordado de manera paralela: el bienestar emocional de los estudiantes. El aumento de situaciones asociadas a ansiedad, estrés académico y desmotivación evidencia la necesidad de comprender la seguridad y el bienestar socioemocional como dimensiones complementarias de una misma realidad educativa.
“Cuando hablamos de bienestar educativo tenemos que ser capaces de mirar más allá de las cifras, las calificaciones y las conductas que vemos en un estudiante”, señala Yenifer, docente y encargada de Bienestar Estudiantil de Brincus.
Desde esta perspectiva, la discusión que instala la Ley “Escuelas Protegidas” también abre la posibilidad de ampliar la mirada respecto de lo que significa contar con establecimientos verdaderamente seguros. No se trata únicamente de prevenir el ingreso de armas, responder ante amenazas o evitar episodios de violencia, sino también de construir espacios en los que niños y adolescentes puedan aprender sintiéndose contenidos, escuchados y acompañados.
El bienestar emocional y el sentido de pertenencia tienen un impacto directo en la motivación, la asistencia y los procesos de aprendizaje. Por ello, fenómenos como el ausentismo y el malestar emocional requieren estrategias que complementen las medidas de seguridad. En este escenario, el aprendizaje personalizado puede contribuir a adaptar los ritmos y niveles de exigencia a las necesidades de cada estudiante, disminuyendo la presión académica y favoreciendo un acompañamiento más cercano.
“La seguridad y el bienestar no deberían entenderse como caminos separados, sino como parte de una misma responsabilidad educativa”, plantea Yenifer.
Para Brincus, la entrada en vigencia de la Ley “Escuelas Protegidas” permite, de esta manera, abrir una discusión más profunda sobre qué significa proteger a los estudiantes. El desafío no solo consiste en resguardarlos frente a situaciones de violencia, sino también en generar las condiciones emocionales necesarias para que puedan desarrollarse, participar y aprender.
“Porque para nosotros nadie debe quedar fuera, todos merecen sentirse valorados, comprendidos y capaces. Educar también es cuidar, escuchar y ofrecer nuevas oportunidades. Y muchas veces, cuando un estudiante vuelve a sentirse seguro y acompañado, comienza algo que puede cambiar completamente su trayectoria, vuelve a creer en sí mismo, vuelve a ser feliz y recupera las ganas de aprender”, concluye Yenifer.








