Nicaragua y la promesa rota de una revolución

Felipe Vergara Maldonado

Analista político

Director de Postgrados FEN UNAB

Cuesta entender por qué ciertos países logran romper el círculo de la tiranía mientras otros, con una historia de revolución y promesas de libertad y justicia, como el caso de Nicaragua, se quedan atrapados. La revolución sandinista prometió alguna vez derribar una dictadura para inaugurar una era distinta, pero terminó devorando su propia promesa. Daniel Ortega y Rosario Murillo consolidaron un régimen autocrático a partir de la figura de la «copresidencia» y la reforma de la Constitución a la medida del matrimonio gobernante. Junto a cualquier aspiración democrática se destruyó la separación de poderes y cerró formalmente posibilidad de alternancia democrática.

Lo que distingue a esta dictadura de tantas otras es que ya no se trata de un régimen que manipula elecciones para simular legitimidad; en este caso Ortega decidió no volver a celebrarlas como la coronación de un proceso de años de desmantelamiento institucional. La vía electoral fue sofocada progresivamente desde la brutal represión a las protestas de 2018 hasta llegar a cruzar un límite en que ni siquiera es necesario tomarse la molestia de fingir, de mostrar algo de pudor; no, lo que se busca es exhibir el poder más férreo, ese que recae hoy en la dupla Ortega-Murillo, imponiendo un modelo absolutista y dinástico que asfixia a la sociedad del país más grande de Centroamérica.

Para consolidar esa hegemonía, el régimen se propuso erradicar cualquier espacio de conciencia crítica o autoridad moral. La implacable persecución contra la Iglesia Católica, que en otros tiempos sirvió como refugio y voz de consuelo para el pueblo, representa uno de los ejemplos más oscuros de la autoridad de la pareja gobernante. En ella, obispos, sacerdotes y religiosas han sido objeto de acoso, encarcelamiento y destierro. La prohibición de expresiones de fe, el cierre de obras sociales eclesiásticas y la confiscación de bienes dan cuenta de la eliminación de cualquier otro poder o influencia sobre los nicaragüenses.

Para qué hablar de la prensa independiente y de la oposición política cuya persecución ha sido igualmente devastadora. Ya no quedan medios libres operando dentro del país y los periodistas han tenido que elegir entre el silencio, la cárcel o el exilio. A la oposición se la desarticuló de forma sistemática, con partidos prohibidos, líderes encarcelados y cientos de ciudadanos declarados como «traidores a la patria», que fueron despojados de sus bienes e, incluso, privados de su propia nacionalidad, como una forma de borrar identidades y decidir quién tiene derecho a existir como nicaragüense.

Esta fórmula de arbitrariedades borra del derecho a elegir, las voces y la vía pacífica para resolver los conflictos del país. Con este nivel de opresión, el mundo no puede mirar hacia otro lado ni limitar su respuesta a condenas tibias, en especial, porque hablamos de la dignidad humana.

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