Educar para el disfrute de las artes, la sensibilidad y la empatía.

Gabriel Canihuante, periodista, académico Universidad Central Región de Coquimbo

En Chile el acceso a expresiones artísticas más elaboradas o complejas, como un concierto para piano y orquesta o la puesta en escena de una obra de teatro (Hamlet, por ejemplo), sigue siendo restringido. A veces existe la oferta, incluso gratuita, pero no siempre se llenan las salas de teatro, los auditorios o las galerías que exhiben muestras de artistas visuales, entre otras diversas manifestaciones.

La mayoría se conforma con la música más sencilla o pobre (en melodía, armonía y ritmo) y aun sin experimentarlo, dicen que es “aburrido” o “fome” leer una novela de Tolstoi o un poemario como “Desolación” de Gabriela Mistral o “Residencia en la Tierra” de Neruda.

Una de las políticas públicas en el ámbito de la cultura en los últimos años ha sido la de creación o ampliación de audiencias, es decir, generar obras y expresiones artístico culturales diversas y ponerlas al acceso real de (nuevos) públicos.

¿Es mejor un adagio o una sonata que un reguetón o una cumbia? ¿Es preferible la literatura de ficción a la pornografía? ¿Debemos impulsar el consumo de expresiones artísticas por sobre el consumo de fútbol y culebrones en la televisión?

Los sentidos se educan y nos educamos mediante ellos. Si en un jardín infantil la música que más “trabajan” las educadoras de párvulos es el reguetón eso creará un efecto en esos niños. Lo mismo ocurre en casa con lo que escuchamos y/o vemos en televisión y con las comidas y bebidas que ingerimos. Incluso el volumen de la voz con que se hablan los adultos va a acostumbrar a los pequeños a un determinado umbral de sonidos y ruidos en la conversación.

Las familias, las escuelas y universidades y, por cierto, los medios de comunicación, todos contribuye a educar y formar o deformar nuestros sentidos, nuestra capacidad de percibir a través de ellos.

Sin transformarlo en una obligación ni en una tarea, se puede enseñar, es decir, mostrar a niños, jóvenes y a adultos, obras musicales que las personas, en general no conocen. Si a alguien no le gusta escuchar una ópera es comprensible y siempre será una opción rechazarla, como es válido no coincidir con los gustos de un admirador de Da Vinci, Picasso o Botero.

La intención debe ser abrir el abanico de gustos y preferencias, a lo largo y a lo ancho de nuestras vidas y lade nuestros entornos, de amistad, familiares o laborales. A muchos nos ha ocurrido que la primera vez que probamos una bebida alcohólica no nos gustó, como suele ocurrir con degustaciones de sabores nuevos, alguna vez fue el sushi o el erizo de mar entre tantos productos que vamos conociendo. Pero poco a poco, si volvemos a probar, si lo degustamos tratando de descubrir su esencia, es posible que lo aceptemos como un nuevo consumo y lo integremos a nuestras costumbres. O no.

Con las artes y las diversas expresiones artísticas ocurre algo similar. Es un camino de experimentación y lo podemos hacer guiados por otros o incluso por simple curiosidad personal.

La cartelera de ofertas de expresiones culturales -pagadas o gratuitas- es infinita, se renueva permanentemente para nuestro beneficio y deleite. La idea es que cuando uno se siente a la mesa en un restaurante, modesto, popular o de amplia carta, no ocurra que no sepamos qué pedir y nos quedemos siempre con el consabido pollo asado con papas fritas. Y si vamos en un vehículo con la radio encendida no nos conformemos con un tipo de música que nos atonta, sea por la simplicidad del “tum tum tum” o por la vulgaridad de su letra.

Podemos aumentar nuestra capacidad sensorial si no nos cerramos a esta continua experimentación de lo nuevo. Y aprender a disfrutar estos hallazgos. Sacar provecho y explorar nuestras potencialidades comunicativas -mediante los sentidos- nos puede conducir a ser personas más receptivas, más expresivas, sensibles y con mayor empatía.

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