Deshidratación leve, consecuencias mayores: una variable crítica en el trabajo moderno

Dr. Héctor Montory Córdova, médico miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET).

En Chile, la hidratación sigue tratándose como una recomendación general —“tomar 6 a 8 vasos de agua al día”— que no logra capturar la complejidad del problema en el ámbito laboral. En la práctica, los requerimientos hídricos dependen de múltiples variables: tipo de faena, carga física, edad, género y estacionalidad. Un trabajador expuesto a altas temperaturas, como en minería o construcción, puede requerir varios litros adicionales al día, mientras que en labores “indoor” el riesgo pasa más desapercibido, pero no por eso es menor.

La evidencia muestra que una deshidratación de apenas 1–2% del peso corporal es suficiente para generar alteraciones en la función cognitiva, afectando atención, precisión y coordinación motora. Esto transforma a la hidratación en un factor de riesgo transversal. En sectores como el transporte o la minería, los errores pueden traducirse en eventos graves o fatales. Sin embargo, también es relevante en ocupaciones de alta demanda cognitiva: un cirujano que transita entre pabellones, sin pausas adecuadas para hidratarse, podría enfrentar un mayor riesgo de error. A ello se suma la irritabilidad asociada a la deshidratación, con impacto en los ambientes laborales.

Las necesidades de agua no son homogéneas. Con la edad, la sensación de sed disminuye, lo que limita su utilidad como señal de alerta. Existen también diferencias según género y composición corporal, aunque en términos prácticos el nivel de actividad y la exposición ambiental son los principales determinantes. La estacionalidad agrega presión: los veranos en Chile son cada vez más extremos, aumentando el riesgo de deshidratación incluso en espacios cerrados, mientras que en invierno la ingesta suele disminuir, pese a que los requerimientos fisiológicos se mantienen.

Si bien la normativa vigente asegura el acceso al agua y regula la exposición a condiciones térmicas, el desafío actual va más allá de la disponibilidad. Es necesario avanzar hacia condiciones efectivas de consumo: pausas protegidas, educación y una cultura organizacional que no dependa exclusivamente de la sed como gatillante. En paralelo, el desarrollo tecnológico podría ofrecer herramientas para medir de manera directa, rápida y confiable el estado de hidratación, superando las limitaciones de los métodos indirectos actuales.

El cambio climático intensifica este escenario, obligando a replantear estrategias desde la salud ocupacional: adaptación de horarios, fotoprotección e incluso modificación (o suspensión) de faenas en condiciones extremas.

En este contexto, surge además una preocupación emergente: la presencia de microplásticos en el agua de consumo. Estas partículas, invisibles a simple vista, pueden encontrarse tanto en agua embotellada como en fuentes naturales y sistemas de distribución. Si bien la evidencia sobre su impacto en la salud humana aún está en desarrollo, su potencial acumulativo genera inquietud, especialmente en trabajadores con alta exposición diaria a residuos por condiciones laborales. Por ello, resulta razonable adoptar un enfoque precautorio: monitorear la calidad del agua, preferir fuentes seguras y continuar investigando sus efectos. Esto refuerza la idea de que no solo importa cuánto nos hidratamos, sino también la calidad del agua que consumimos.

Síguenos en facebook

Comparte

Facebook
Twitter
WhatsApp
error: Contenido protegido!!!
A %d blogueros les gusta esto: