Felipe Vergara Maldonado
Analista político
Director Postgrado FEN UNAB
Durante mucho tiempo, se ha tendido a explicar la violencia escolar como un fenómeno acotado a contextos familiares difíciles, desigualdad o fallas del sistema educativo; y si bien todos esos factores influyen, hay un elemento que incomoda reconocer y es que los adultos, y especialmente quienes lideran la vida pública, también transmiten con su ejemplo, qué conductas son aceptables.
Hoy, la discusión política en Chile se ha vuelto crecientemente virulenta; no se trata solo de diferencias ideológicas, que son legítimas y necesarias en una democracia, sino del tono en que estas se expresan, a través de insultos, descalificaciones personales, caricaturización del adversario y una constante lógica de confrontación han pasado a ser parte del paisaje cotidiano. El debate dejó de ser un espacio de argumentación para transformarse, muchas veces, en una arena de ataque.
Los jóvenes observan, escuchan y aprenden. Cuando ven que figuras públicas resuelven sus conflictos mediante la agresión verbal, el desprecio o la ridiculización del otro, el mensaje implícito es claro en cuanto a que así se enfrentan las diferencias, así se ejerce poder y así se gana.
En ese contexto, resulta ingenuo pensar que la violencia en los colegios surge en el vacío; por el contrario, es el reflejo – distorsionado pero coherente- de una sociedad que ha ido perdiendo sus formas básicas de convivencia. Si el respeto se debilita en los espacios de mayor visibilidad, difícilmente podrá sostenerse en las aulas.
Esto no significa equiparar responsabilidades, ni simplificar causas. La violencia escolar tiene múltiples dimensiones y requiere respuestas complejas que van desde apoyo psicológico, fortalecimiento de comunidades educativas, políticas públicas efectivas y un trabajo profundo con las familias; pero también exige algo más incómodo, una revisión ética de cómo nos tratamos como sociedad.
Porque educar no es solo transmitir contenidos, es modelar conductas; si quienes ocupan posiciones de poder continúan validando la agresión como forma de interacción, estaremos, de manera indirecta, legitimando esas mismas prácticas en las generaciones más jóvenes, y luego, cuando esa violencia se manifieste en los colegios, nos preguntaremos nuevamente qué fue lo que falló.
Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿qué estamos enseñando? La tragedia de Calama no puede quedar reducida a la conmoción momentánea, debe ser un punto de inflexión; para reforzar la seguridad en los establecimientos, pero también para recuperar algo más profundo como es la responsabilidad colectiva sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo. La violencia se aprende, se observa, se replica. Y, lamentablemente, también se enseña.







