El piano del salón La Merced. Cuento Histórico

Por Osvaldo Carvajal Rodríguez

Huatulame Ediciones

Este cuento puede ser multicopiado con fines pedagógicos con autorización de la editorial.

En el crepúsculo, al estar el Liceo Católico Atacama sin el bullicio juvenil de sus estudiantes, es habitual escuchar en sus pasillos unas lindas melodías de piano que expresan una tristeza muy profunda.

En la historia de Copiapó se establece que una señora llamada María Bravo de Morales, Marquesa de Piedra Blanca de Guana, donó todas las tierras y bienes que poseía en el Valle de Copiapó para que los sacerdotes mercedarios se instalasen en estos parajes y así dieran a conocer entre los pueblos originarios y demás habitantes, el inmenso amor que la Madre, la Virgen de la Merced, siente por todos los perseguidos y cautivos de los distintos sufrimientos que nos trae el Maligno. Asimismo, al hacer esta donación, la Marquesa solicitó a los religiosos que le oficiasen misas cantadas de por vida.

Para ello, dejó su piano, en el cual ella misma acostumbraba a tocar hermosas composiciones a la hora del anochecer.

Doña María fallece en 1722 y, dos años más tarde, los mercedarios inician la construcción de la iglesia, el convento y la escuela que hoy conocemos como Liceo Católico Atacama.

La escuela nunca ha dejado de funcionar desde aquel entonces. Sin embargo, la iglesia fue reemplazada en 1980 por el Salón La Merced, salón de actos del Liceo, en donde aún está el piano donado por la Marquesa y, hasta la década de 1990, el óleo cuzqueño de la imagen de la Virgen de la Merced con que se levantó el templo.

Se comenta que, mientras permanecieron los mercedarios en Copiapó, estos cumplieron con el compromiso de que a diario, y en la hora del atardecer, se oficiara una misa cantada por los estudiantes de la escuela, utilizando para ello el piano, tal cual lo hacía la Marquesa mientras estaba con vida.

Sin embargo, hacia mediados del siglo XIX, poco más de un siglo después de que la Marquesa donara los terrenos, Copiapó explota en población y riquezas con el descubrimiento del mineral de Chañarcillo, lo que, sumado a que la orden mercedaria comienza a dejar el templo y la escuela, genera las condiciones para que tanto los nuevos sacerdotes que se hacen cargo de la iglesia, el convento y la escuela, así como los estudiantes y apoderados se olvidasen de ofrecerle misas cantadas a la Marquesa de Piedra Blanca de Guana; por lo que se cree que, desde esa época, en los anocheceres se escucha la música desde el piano de la Iglesia de la Merced.

No obstante, hacia mediados del siglo XIX, poco más de un siglo después de que la Marquesa donara los terrenos, Copiapó explota en población y riquezas con el descubrimiento del mineral de Chañarcillo, lo que, sumado a que la orden mercedaria comienza a dejar el templo y la escuela, genera las condiciones para que tanto los nuevos sacerdotes que se hacen cargo de la iglesia, el convento y la escuela, así como los estudiantes y apoderados, se olvidasen de ofrecerle misas cantadas a la Marquesa de Piedra Blanca de Guana; por lo que se cree que, desde esa época, en los anocheceres se escucha la música desde el piano de la Iglesia de la Merced.

Entre las personas más longevas de la ciudad, quienes fueron alumnos de los sacerdotes franciscanos belgas, muy reservadamente se comenta que estos religiosos, quienes en la década del 30 del siglo XX se hicieron cargo de la iglesia, la escuela y el convento, pero como internado para los estudiantes, conocedores de esta historia, deciden demoler la Iglesia para reemplazarla por el actual salón de actos del Liceo, conservando el nombre de su Patrona: Salón de actos La Merced. A pesar de aquello, esto no impidió que en la hora del crepúsculo, cuando el colegio queda sin estudiantes, se continuase escuchando la bella y triste melodía desde el salón de actos. Por esa razón, los antiguos alumnos dicen que el Padre Oscar, último sacerdote franciscano belga que vivió en el liceo hasta 1992, en los atardeceres colocaba música docta a toda capacidad de los parlantes instalados en el patio colindante con el Salón.

Hoy en día, la imagen de la Virgen de la Merced no se encuentra en el lugar que ocupó su iglesia; además, los estudiantes, apoderados y docentes, en su inmensa mayoría, ni siquiera saben de su existencia, ni por qué el Salón lleva ese nombre, y mucho menos de la señora María Bravo de Morales, Marquesa de Piedra Blanca de Guana, y de su importancia para el Liceo Católico Atacama; ni que los sacerdotes mercedarios se comprometieran a que, de por vida, sus estudiantes participarían de misas cantadas en su nombre.

Por lo que, tal vez, a la hora del crepúsculo, al quedar el liceo en un profundo silencio, se siguen escuchando unas lindas y tristes melodías del tricentenario piano que permanece olvidado en un rincón del salón de actos, las que, sin duda, son interpretadas por doña María Bravo de Morales, Marquesa de Piedra Blanca de Guana, como a la espera de que, algún día, la comunidad del Liceo Católico Atacama vuelva a encontrarse con su carisma fundacional mariano: el manto de protección y guía de la Virgen de la Merced y, a la vez, le retribuyan la donación que hiciese para que se construyera el colegio, a cambio de que sólo, de cuando en vez, le oficiasen misas cantadas en su nombre.

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