La incertidumbre hídrica también se enfrenta modernizando la gestión del agua 

Por Emilio de la Jara, CEO de Capta Hydro.

La posibilidad de un “Super Niño” y la creciente variabilidad climática vuelven a poner sobre la mesa una pregunta cada vez más relevante para Chile: cómo nos preparamos para gestionar escenarios hídricos cada vez más inciertos.

En Chile, esa conversación ha estado marcada durante más de una década por una palabra que se repite con frecuencia: escasez. La megasequía, la disminución de los caudales en numerosas cuencas y la creciente presión sobre los recursos hídricos han instalado con fuerza la idea de que el principal problema del país es la falta de agua.

Esa preocupación es comprensible. Frente a esa realidad, gran parte del debate público se ha concentrado en cómo asegurar nuevas fuentes de abastecimiento mediante embalses, desalación, reutilización de aguas o infraestructura que permita enfrentar tanto períodos de sequía como eventos extremos.

Todas estas alternativas forman parte de una conversación necesaria. Sin embargo, junto con discutir nuevas fuentes de agua, también resulta pertinente preguntarnos si estamos gestionando de la mejor manera posible el recurso que ya tenemos.

Una parte importante del agua utilizada en Chile, especialmente en la agricultura, proviene de ríos y es distribuida a través de extensas redes de canales administradas por organizaciones de usuarios. Este modelo ha sido una herramienta eficaz para llevar agua a miles de agricultores y comunidades a lo largo del país, pero hoy enfrenta desafíos distintos a los de décadas anteriores.

La variabilidad climática, la creciente presión sobre las cuencas y la necesidad de utilizar el recurso con mayor eficiencia hacen que la forma en que gestionamos el agua disponible cobre una relevancia cada vez mayor. Sin embargo, la modernización de esta infraestructura y de sus capacidades de gestión ha avanzado más lentamente que las nuevas exigencias que enfrenta el sistema hídrico.

Una parte importante de nuestras redes de distribución sigue operando con bajos niveles de automatización, monitoreo y gestión en tiempo real. En este escenario, la innovación tecnológica comienza a jugar un rol cada vez más relevante en la gestión del agua superficial.

Herramientas como la telemetría, los sensores de monitoreo de caudales, la automatización de compuertas y las plataformas digitales de información permiten contar con datos en tiempo real sobre el comportamiento del agua en ríos y canales. Este tipo de soluciones no reemplaza la experiencia de quienes han gestionado históricamente el recurso en terreno, pero sí aporta información que mejora la toma de decisiones.

Frente a escenarios cada vez más variables, contar con datos más precisos sobre caudales, flujos y condiciones de operación permite anticipar situaciones críticas, optimizar la distribución del agua disponible y fortalecer la coordinación entre quienes participan en su gestión.

En la práctica, esto puede traducirse en sistemas de distribución más eficientes, una mejor planificación frente a períodos de escasez y una mayor transparencia en el uso del recurso. En un contexto donde cada litro de agua adquiere mayor valor, mejorar la forma en que gestionamos el agua disponible puede marcar una diferencia significativa.

Por eso, cuando hablamos del futuro hídrico de Chile, el desafío ya no se limita únicamente a aumentar la disponibilidad de agua. También pasa por modernizar la manera en que administramos los sistemas que permiten distribuirla.

En un escenario de creciente incertidumbre climática, asegurar el abastecimiento futuro seguirá siendo un desafío central para el país. Pero junto con buscar nuevas fuentes de agua, también resulta fundamental avanzar en una gestión más eficiente, informada y moderna de los recursos que ya forman parte de nuestras cuencas.

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