¿Puede un algoritmo decidir qué está bien? La decisión como problema filosófico en tiempos de inteligencia artificial

Por Katia Riveros Zepeda

Educadora de Párvulos

Profesora de Educación Diferencial

Magister en Educación

Doctoranda en Educación y Eco transformación

Hace apenas unos años, la inteligencia artificial pertenecía al género de la ciencia ficción o a las promesas futuristas. Sin embargo, hoy habita nuestra cotidianeidad con una naturalidad que sorprende. Conversamos con algoritmos, les pedimos que escriban un texto, que traduzcan un documento, que organicen un viaje o respondan una pregunta. Elegimos la ruta que nos sugiere la aplicación, porque la considera más conveniente. Aceptamos recomendaciones sobre qué leer, qué película ver, qué hotel elegir, qué comprar, etc. Incluso, comenzamos a incorporar estos sistemas en ámbitos tan sensibles como la educación, la salud, la justicia y las finanzas. Sin darnos cuenta, la inteligencia artificial dejó de ser una curiosidad tecnológica, para convertirse en una presencia imprescindible.

Mientras tanto, el debate público gira en torno a la propiedad intelectual, a los empleos que podría reemplazar o a los riesgos que representa. Sin duda, son discusiones necesarias. Sin embargo, hay una pregunta que parece avanzar con menos fuerza y que, a mi juicio, resulta mucho más importante: ¿qué decisiones estamos dispuestos a dejar en manos de un algoritmo? ¿Cómo respondemos a esa pregunta? Quizá convenga detenernos un momento y mirar hacia la filosofía.

Mucho antes de que existieran computadores, las distintas tradiciones filosóficas ya intentaban comprender qué significa decidir. No buscaban únicamente respuestas correctas sino comprender qué hace que una decisión pueda considerarse justa, responsable o buena. La tradición griega abrió ese camino desde la reflexión sobre la ética y la prudencia; las filosofías africanas pusieron el acento en la comunidad; las filosofías indígenas y latinoamericanas recuerdan que ninguna decisión puede separarse del territorio, de la memoria y del cuidado de la vida. Aunque cambien los lenguajes y las respuestas, muchas de estas tradiciones coinciden en sugerir qué decidir implica algo más que procesar información.

Sabemos que un algoritmo puede hacer excelentes cálculos, puede analizar millones de datos, reconocer patrones invisibles para el ojo humano y ofrecer recomendaciones cada vez más precisas. Esa capacidad seguirá creciendo y probablemente mejorará ciertos aspectos de nuestra vida. Sin embargo, cada decisión importante exige interpretar circunstancias, comprender contextos, asumir incertidumbres y aceptar que ninguna respuesta elimina por completo el riesgo de equivocarse. Decidir implica hacerse responsable de las consecuencias de aquello que elegimos. Y esa responsabilidad tiene una condición previa: la libertad.

Solo quien puede elegir puede responder por lo que hace. Solo quien es libre puede reconocer un error, cambiar de opinión, reparar un daño o pedir perdón. Un algoritmo puede modificar sus resultados cuando recibe nuevos datos; no puede experimentar el peso moral de una decisión ni asumir la responsabilidad que ella implica.

Por eso me parece que el verdadero debate sobre la inteligencia artificial no consiste en averiguar cuánto podrá llegar a hacer. La pregunta verdaderamente urgente es cuánto estamos dispuestos nosotros a dejarle hacer.

Cada vez que delegamos una decisión conviene preguntarnos qué estamos delegando realmente. Si se trata de una tarea repetitiva o de un cálculo complejo, probablemente estemos aprovechando una herramienta extraordinaria. Pero cuando la decisión compromete la dignidad de una persona, la justicia de una acción o el cuidado de una comunidad aparece una dimensión que ninguna tecnología puede sustituir.

La inteligencia artificial seguirá “aprendiendo” o entrenándose en la técnica y sus respuestas serán cada vez más rápidas, más sofisticadas y probablemente más útiles.

La inteligencia artificial seguirá “evolucionando”. Sus capacidades crecerán y, con ellas, también crecerán las decisiones que estaremos tentados a delegar. Probablemente seguiremos preguntándonos qué tan precisos serán los algoritmos, cuánto podrán aprender o qué nuevas tareas serán capaces de realizar.

Mientras escuchamos con atención a ingenieros y expertos en inteligencia artificial, me pregunto cuánto espacio estamos dando a la reflexión filosófica sobre las decisiones humanas que hoy comienzan a apoyarse, orientarse o mediarse mediante algoritmos

¿Por qué escuchamos con tanta atención a quienes desarrollan estas tecnologías y con tan poca frecuencia a quienes, desde hace siglos, han pensado la libertad, la responsabilidad, la justicia y el sentido de nuestras decisiones?

No tengo una respuesta. Pero sí una convicción. Mientras más poder tengan las tecnologías para orientar nuestras decisiones, más necesaria será la filosofía para ayudarnos a comprenderlas, no porque deba reemplazar a las ingenierías, sino porque hay preguntas que ninguna innovación tecnológica puede responder por sí sola.

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