«Estamos en un momento crítico de la historia de la Tierra, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. «Carta de la Tierra (2000)”
Por Mag. Katia Riveros Zepeda
Educadora de Párvulos y Profesora de Educación Diferencial
Doctoranda en Educación y Eco transformación
Vicepresidenta de la Corporación Más Ciencias Más Sueños
Hay semanas en que resulta difícil escribir. Mientras las noticias muestran caminos interrumpidos, familias afectadas y comunidades enfrentando la incertidumbre, cualquier reflexión parece insuficiente frente al dolor de quienes han perdido tanto. Sin embargo, precisamente en momentos como estos, la ciencia nos recuerda que pensar también es una forma de cuidar.
Con frecuencia entendemos la ciencia como un conjunto de conocimientos reservados para laboratorios, universidades o centros de investigación. Sin embargo, su sentido es mucho más profundo. La ciencia nace de una pregunta, de la observación atenta de la realidad y del deseo de comprender aquello que ocurre para tomar mejores decisiones. En otras palabras, la ciencia es una forma de escuchar al mundo.
Los fenómenos que hemos vivido durante estos días nos recuerdan que la naturaleza posee dinámicas propias. La lluvia, el viento, el aumento del caudal de los ríos o las marejadas no constituyen anomalías; forman parte de un planeta vivo, dinámico y en permanente transformación, capaz de autoorganizarse. El desafío no consiste en controlar la naturaleza, porque ello es imposible y resulta imprudente pretender hacerlo, sino en comprenderla.
Comprender la naturaleza nunca ha sido una tarea exclusiva de la ciencia. Mucho antes de los satélites, los radares meteorológicos o los modelos climáticos, los pueblos originarios ya habían aprendido a leer los ciclos de la lluvia, el comportamiento de los ríos, los vientos, las plantas y los animales a partir de una observación atenta del territorio. Hoy, frente a los desafíos del cambio climático, la ciencia y los conocimientos ancestrales pueden dialogar, y recordarnos que conocer también implica aprender a habitar la Tierra con respeto y responsabilidad.
Quizás por eso también conviene revisar el lenguaje que utilizamos. Habitualmente se habla de «catástrofes naturales», como si toda la responsabilidad recayera sobre la naturaleza. Sin embargo, los fenómenos son naturales; los desastres son, en gran medida, el resultado de nuestras propias decisiones colectivas. Se convierten en tragedias cuando construimos en zonas de riesgo, cuando debilitamos los ecosistemas que amortiguan los eventos extremos, cuando postergamos la planificación territorial o cuando ignoramos, o simplemente escondemos bajo la alfombra, la evidencia científica que advierte sobre los riesgos.
Cada emergencia deja lecciones. La pregunta es: ¿seremos capaces de aprender de ellas?
Aprender implica investigar las causas, fortalecer los sistemas de monitoreo, mejorar la infraestructura, proteger humedales y quebradas, desarrollar tecnologías de alerta temprana y formar ciudadanos capaces de comprender la información científica. Prevenir no consiste en reaccionar cuando el problema ya ocurrió, sino en actuar mucho antes.
En este sentido, invertir en ciencia nunca debiera entenderse como un lujo, pues es una inversión en seguridad, en calidad de vida y en dignidad. Gracias al trabajo de investigadores, meteorólogos, geólogos, ingenieros, oceanógrafos y tantos otros profesionales, hoy contamos con herramientas que permiten anticipar escenarios, emitir alertas y orientar decisiones que pueden salvar vidas. La ciencia no elimina el riesgo, pero sí disminuye nuestra vulnerabilidad frente a él.
La educación tiene aquí una responsabilidad irrenunciable. Enseñar ciencias no consiste únicamente en transmitir contenidos o memorizar conceptos y fórmulas. Consiste en formar personas que observen, que se hagan preguntas, que interpreten evidencias y comprendan que la realidad exige pensamiento crítico y decisiones fundamentadas. Una ciudadanía científicamente alfabetizada no solo entiende mejor el mundo; también está mejor preparada para protegerlo y protegerse. Esa también es una forma de cuidado.
Cada emergencia también trae consigo una inundación de palabras. Durante algunos días hablamos de prevención, ciencia, cambio climático, sistema frontal, planificación, resiliencia y reconstrucción. Pareciera que, por un instante, comprendemos la importancia de estos conceptos. Sin embargo, cuando las aguas retroceden, también retrocede la conversación pública. Las prioridades cambian, las promesas se diluyen y el conocimiento vuelve a quedar relegado. Entonces esperamos el siguiente fenómeno para volver a preguntarnos por qué ocurrió, qué pudimos haber hecho y cómo evitar que vuelva a repetirse.
Espero que cuando pase este temporal no olvidemos tan rápidamente lo vivido y que el dolor no quede reducido a estadísticas ni a imágenes que desaparecen cuando la contingencia deja de ocupar los titulares. Espero, sobre todo, que esta experiencia se transforme en conocimiento, en mejores políticas públicas, en planificación responsable y en una valoración del trabajo científico.
La naturaleza seguirá enseñándonos. Aprender de ella, desde la ciencia y en diálogo con los conocimientos ancestrales, constituye una de las formas más sabias y profundamente humanas de construir un futuro donde los fenómenos naturales no tengan por qué convertirse, inevitablemente, en tragedias.








