Por Mag. Katia Riveros Zepeda
Educadora de Párvulos y Profesora de Educación Diferencial
Doctoranda en Educación y Eco transformación
Vicepresidenta de la Corporación Más Ciencias Más Sueños
Tres personas fueron rescatadas tras permanecer seis días extraviadas en el Cajón del Maipo. El centro de la noticia parecía evidente: un complejo operativo de búsqueda, el despliegue de equipos especializados, el riesgo asumido por los rescatistas y una necesaria reflexión sobre la responsabilidad frente a las advertencias de las autoridades. Sin embargo, buena parte de la cobertura eligió otro énfasis. Las personas involucradas dejaron de ser excursionistas para convertirse, insistentemente, en “el Chino y las parvularias”.
La pregunta es inevitable: ¿era necesario mencionar su profesión para comprender lo ocurrido?
Como educadora me resulta casi imposible no referirme al tema y alzar la voz frente a tal tratamiento por parte de la prensa El periodismo cumple una función social esencial. Informa, contextualiza y contribuye a formar la opinión pública. Por ello, las decisiones editoriales nunca son neutras. Las palabras elegidas y los atributos que se destacan influyen en la manera en que una sociedad interpreta los hechos y también a las personas.
En este caso, la profesión de dos de las involucradas no explicaba las causas del extravío ni aportaba antecedentes indispensables para comprender el operativo. Sin embargo, fue incorporada reiteradamente en titulares, reportajes y comentarios televisivos, hasta convertirla casi en un apodo.
No se trata de justificar la conducta de quienes decidieron ingresar a la cordillera en medio de un sistema frontal. La imprudencia debe ser señalada, especialmente cuando pone en riesgo a personas y obliga a movilizar importantes recursos públicos. Pero esa responsabilidad corresponde a quienes tomaron la decisión, no a todas las personas que comparten con ellas una profesión.
Resulta difícil imaginar el mismo tratamiento si las involucradas hubiesen sido ingenieras, arquitectas, abogadas o contadoras. Probablemente habríamos leído que tres excursionistas fueron rescatados. ¿Por qué, entonces, la profesión pasó a ocupar un lugar central en esta noticia?
La pregunta cobra mayor importancia frente a una profesión que ha debido luchar históricamente por el reconocimiento de su saber pedagógico. La Educación Parvularia no es una extensión de la crianza ni una labor que pueda reducirse al cuidado. Es el primer nivel del sistema educativo chileno y exige conocimientos especializados.
La formación universitaria de educadoras de párvulos comenzó en Chile en 1944, con la creación de la Escuela de Educadoras de Párvulos de la Universidad de Chile, impulsada por Amanda Labarca y Matilde Huici. Fue la primera carrera de este tipo en América Latina. La escuela abrió oficialmente el 22 de noviembre de ese año, fecha en que actualmente se conmemora el Día de la Educación Parvularia.
Profesionales de la Educación Parvularia acompañan algunos de los procesos más decisivos de la vida. Crean experiencias para que niñas y niños exploren, desarrollen el lenguaje, construyan vínculos, expresen sus emociones, convivan con otros y se reconozcan como personas con voz y derechos.
Su trabajo exige observar atentamente y comprender aquello que niñas y niños comunican incluso antes de poder expresarlo con palabras. Una educadora puede reconocer, a cierta distancia y mientras el grupo juega, quién necesita contención emocional, quién intenta incorporarse sin conseguirlo, qué habilidades cognitivas se están desplegando o qué interés podría transformarse en una experiencia de aprendizaje. Esa capacidad no surge únicamente del cariño por las niñeces. Se construye mediante años de estudio, práctica, observación y reflexión pedagógica. Allí donde otras personas pueden ver solamente a una niña o un niño jugando, una educadora o educador reconoce preguntas, hipótesis, emociones y aprendizajes en construcción.
Decimos que los primeros años son decisivos, pero seguimos tratando a sus profesionales como si su labor pudiera resumirse en una palabra útil para llamar la atención. La desvalorización comienza muchas veces en el lenguaje, en las expresiones que las infantilizan y en la facilidad con que su profesión se convierte en caricatura o espectáculo.
La libertad de prensa constituye un pilar de toda democracia. Junto con ese derecho existe una responsabilidad ética: informar con rigor, distinguir lo relevante de lo accesorio y evitar asociaciones que puedan afectar injustamente la imagen de colectivos completos.
Los titulares también educan, construyen representaciones sociales, imaginarios y contribuyen a definir cómo una sociedad reconoce —o desconoce— el trabajo de quienes la sostienen.
Miles de educadores recibirán mañana a niñas y niños en jardines infantiles y escuelas de todo Chile. La Educación Parvularia no estaba en la montaña. Estaba, como cada día, preparando condiciones para las experiencias, escuchando preguntas, acompañando descubrimientos y sosteniendo una tarea fundamental para la vida de niñas y niños.
Quizás eso también merezca convertirse, alguna vez, en un gran titular.








