Por Katia Riveros Zepeda
Educadora de Párvulos
Profesora de Educación Diferencial
Magister en Educación
Doctoranda en Educación y Eco transformación
No quién educará en un futuro lejano, sino quién está educando hoy a nuestros niños, niñas y jóvenes; quién está cada mañana en las escuelas acompañando sus aprendizajes, sus primeras preguntas, sus dificultades, sus encuentros con otros y sus maneras de comenzar a comprender el mundo. Antes del ingeniero, de la médica, de la abogada, del científico, de la artista y también de quien desarrolla inteligencia artificial, hubo una infancia, una familia, una comunidad y, por cierto, una escuela. Y en esa escuela hubo profesores y profesoras sosteniendo durante años una parte fundamental de esas trayectorias.
Puede parecer evidente, pero a veces lo evidente necesita ser dicho, sobre todo cuando quienes ejercen responsabilidades públicas parecen olvidarlo.
Por eso rechazo profundamente los dichos de la actual ministra de Ciencias, quien, frente a las transformaciones provocadas por la inteligencia artificial, planteó como horizonte posible la reconversión de profesores y profesionales provenientes de las humanidades hacia las ventas o el servicio al cliente de esa industria. No porque esos trabajos tengan menor dignidad; ese nunca ha sido el problema. Mi rechazo tiene que ver con algo bastante más grave: la facilidad con que una autoridad puede declarar prescindibles ciertos saberes, reducir profesiones fundamentales a una supuesta falta de utilidad y asumir que el único futuro imaginable es aquel dictado por las necesidades del mercado tecnológico.
No es una frase desafortunada ni un simple error comunicacional. Expresa una manera de entender la vida, el país, el conocimiento y el valor de las personas. Bajo esa mirada, cuando una profesión deja de ser rentable o funcional a la industria dominante, quienes la ejercen deben reconvertirse. Como si educar, investigar, interpretar la historia, crear, pensar críticamente o comprender la experiencia humana fueran habilidades intercambiables que pueden trasladarse, sin pérdida alguna, a la comercialización de productos tecnológicos.
Lo indignante es que estas palabras provengan precisamente del ámbito encargado de pensar el desarrollo científico, la ciencia no crece en el vacío ni se sostiene por sí sola. Necesita preguntas, marcos éticos, comprensión histórica, lenguaje, imaginación política y capacidad para anticipar las consecuencias de aquello que produce, necesita dialogar con la filosofía, las artes, la educación y las ciencias sociales. Una sociedad que desarrolla inteligencia artificial mientras debilita los saberes capaces de interrogarla no se vuelve más avanzada: se vuelve más obediente frente a la tecnología y más vulnerable ante quienes la controlan.
La inteligencia artificial no debería llevarnos a preguntar qué profesiones humanas podemos descartar, sino qué sociedad queremos construir con ella. ¿Quién examinará sus sesgos? ¿Quién discutirá los criterios con los que clasifica a las personas? ¿Quién advertirá sus efectos sobre el trabajo, la educación, la democracia, la intimidad y la vida cotidiana? ¿Quién enseñará a las nuevas generaciones a no confundir información con conocimiento ni velocidad con pensamiento?
No serán las máquinas las que respondan esas preguntas. Tampoco lo hará el mercado, porque el mercado no tiene como tarea cuidar la democracia, proteger la dignidad humana ni garantizar el derecho a la educación. Esas son responsabilidades políticas y colectivas. Para asumirlas necesitamos más pensamiento crítico, más formación ética, más creación y más diálogo entre saberes.
Resulta especialmente ofensivo presentar al profesorado como un contingente disponible para la reconversión. Chile atraviesa una crisis educativa profunda y, al mismo tiempo, quienes enseñan enfrentan sobrecarga, deterioro de sus condiciones laborales, violencia, desconfianza y un reconocimiento social cada vez más frágil. En ese contexto, sugerir que podrían encontrar su futuro vendiendo los productos de una industria en expansión no constituye una salida laboral visionaria. Es una renuncia del Estado a preguntarse por qué está expulsando, agotando o precarizando a quienes necesita para sostener la educación.
Los profesores y profesoras no son el residuo de un mundo anterior a la inteligencia artificial. Son quienes deberán acompañar a las nuevas generaciones en un mundo atravesado por ella. Su tarea no pierde sentido con el desarrollo tecnológico; se vuelve más compleja y necesaria. Educar nunca ha sido solamente transmitir información. Es enseñar a preguntar, relacionar, disentir, imaginar, convivir y reconocer al otro. Ningún dispositivo, por sofisticado que sea, reemplaza la responsabilidad humana que existe en ese encuentro.
Algo semejante ocurre con las humanidades. Cada vez que se las presenta como un lujo o como un campo sin futuro, se omite que son precisamente ellas las que nos permiten discutir qué entendemos por futuro. Nos ayudan a reconocer los discursos que naturalizan la desigualdad, a comprender cómo se construye el poder y a poner límites cuando la eficiencia pretende imponerse sobre la dignidad. Prescindir de ellas no nos prepara mejor para el cambio tecnológico; nos deja con menos herramientas para comprenderlo y gobernarlo.
Una política pública seria no debería adaptar toda la educación a las demandas circunstanciales de una industria. Debería preocuparse y ocuparse de la formación de personas capaces de participar en las decisiones sobre esa industria, cuestionarla y orientar su desarrollo hacia el bien común. Eso exige investigación científica, por supuesto, pero también educación, filosofía, historia, literatura, artes y ciencias sociales. La interdisciplinariedad no consiste en subordinar todos los campos al lenguaje de la tecnología, sino en reconocer que ningún saber puede responder por sí solo a los problemas de nuestro tiempo.
Las palabras de una ministra importan porque no se pronuncian desde cualquier lugar. Revelan prioridades, legitiman decisiones y anticipan aquello que una sociedad está dispuesta a abandonar. Por eso no basta con corregir la forma de lo dicho. Es necesario rechazar la concepción que lo sostiene: la idea de que las personas deben acomodarse dócilmente a las necesidades del mercado y que el valor de una profesión depende de su proximidad con la industria que hoy concentra el poder económico.
La pregunta sigue siendo quién educa. Y también quién decide qué conocimientos merecen existir, qué trabajos tienen futuro y qué vidas pueden ser reconvertidas en nombre del progreso. Si la inteligencia artificial ha de formar parte de nuestro porvenir, tendrá que hacerlo dentro de una sociedad capaz de pensarla, discutirla y ponerle límites. Para aquello necesitamos a quienes educan, a quienes investigan, a quienes crean y a quienes todavía se atreven a formular preguntas incómodas.
El futuro no puede quedar únicamente en manos de quienes fabrican la tecnología ni de quienes saben venderla. También pertenece a quienes nos enseñan a comprender qué estamos haciendo con ella y, sobre todo, qué está haciendo ella con nosotros.








