Carlos Fredes García
Gerente de Desarrollo
Oneka Chile
En la costa sur de Perú, el Proyecto Chala demostró que la desalación modular puede transformar la vida de comunidades vulnerables. Cuatro contenedores adaptados con sistemas de filtración, ultrafiltración y ósmosis inversa producen hasta 6.000 m³ diarios de agua potable, asegurando un suministro estable en territorios donde antes solo llegaban camiones aljibe. Más que un caso aislado o un proyecto al cual mirar desde fuera, la experiencia en Chala representa la puerta de entrada para abordar los desafíos estructurales de escasez hídrica que enfrenta la región. En un mercado clave para el desarrollo de soluciones sostenibles, integrarse tempranamente a estas dinámicas permite posicionarse como un actor relevante y estratégico, capaz de replicar e impulsar nuevos proyectos modulares en el litoral peruano.
Este aprendizaje se proyecta con fuerza hacia las caletas de pescadores y poblados aislados de Chile y la región, donde aún persiste el gasto ineficiente de la distribución por camiones aljibe. La alternativa radica en la desalación por independencia energética sustentable: una solución diseñada para operar en zonas alejadas de la red eléctrica o con suministro inestable, integrando fuentes renovables locales como la energía undimotriz (aprovechando la fuerza de las olas) o la energía solar. Bajo este enfoque, se logra una producción de agua potable autónoma, sin emisiones de gases de efecto invernadero, sin ocupar espacio costero crítico y con un manejo seguro de salmueras de baja salinidad.
Al ser impulsadas por la fuerza del mar y el sol, estas tecnologías descentralizadas aseguran continuidad operativa y agua limpia con la agilidad que exige cada territorio. No se trata de reemplazar las grandes obras, sino de complementarlas: volumen donde la demanda es masiva, rapidez e independencia donde la urgencia es local.
Este enfoque responde a una verdadera “acupuntura territorial” hídrica: intervenciones estratégicas que regeneran el tejido social y ambiental, reemplazando la vulnerabilidad por agua producida de forma limpia y directa en el borde costero. En vez de esperar megaproyectos que tardan años en concretarse, se despliegan soluciones inmediatas que democratizan el acceso al agua y fortalecen la resiliencia comunitaria.
La lección es clara: el mar no solo puede abastecer a la gran minería o a los grandes centros urbanos, también puede asegurar el futuro de pueblos enteros. La tecnología está probada; lo que corresponde ahora es liderar este cambio de paradigma hacia un modelo sostenible que combine escalas, asegure autonomía energética y garantice justicia hídrica en cada territorio.








