Frágil como un volantín

Por Katia Riveros Zepeda

Educadora de Párvulos

Profesora de Educación Diferencial

Magister en Educación

Doctoranda en Educación y Eco transformación

Se acerca septiembre y en Chile comienza la temporada en que niños y niñas vuelven a elevar volantines multicolores, es una escena que pertenece a nuestra memoria, la preparación de las festividades antecede la escena. Correr, esperar el viento, soltar el hilo, recogerlo y volver a intentarlo, un juego sencillo que todavía hace que niños y adultos levantemos la mirada hacia el cielo.

Quizás por eso me estremece lo que está ocurriendo hoy en Palestina. En Gaza, familias han comenzado a pedir a sus niños que no eleven sus cometas después de que autoridades israelíes advirtieran que aquellas que atraviesen hacia territorio israelí pueden ser consideradas una amenaza. El ministro de Defensa llegó a señalar que “un globo y una cometa serán tratados igual que un dron, con o sin explosivos”. Las cometas examinadas recientemente, sin embargo, no contenían material peligroso.

Me pregunto qué tiene que ocurrir para que necesitemos explicar que una cometa puede ser solamente una cometa y que un niño que juega puede ser solamente un niño que juega. Qué violencias hemos sido capaces de normalizar para que la sospecha alcance también a la infancia y termine entrando incluso en sus juegos.

Mientras nos preparamos para enseñar a nuestros niños dónde elevar un volantín de manera segura, a miles de kilómetros hay familias que sienten miedo de permitir que sus hijos hagan exactamente lo mismo. Lo que me interesa subrayar es esa distancia dolorosa que nos obliga a mirar aquello que muchas veces preferimos no ver.

En estos días, el papa León XIV ha vuelto a pedir que cese la violencia contra la población civil palestina y ha llamado a avanzar hacia una “paz justa y duradera”. Sus palabras me llevan inevitablemente a preguntarme qué entendemos por paz cuando una guerra ha conseguido penetrar hasta los espacios más elementales de la infancia. La paz no puede significar solamente ausencia de bombardeos. Tiene que significar también la posibilidad de vivir una infancia sin que jugar, correr o elevar una cometa pueda convertirse en motivo de temor.

Es aquí donde vuelvo a aquello que he venido pensando como una pedagogía del estremecimiento. Una pedagogía que nace precisamente frente al dolor negado, frente a esas violencias que hemos visto tantas veces que corremos el riesgo de incorporarlas al paisaje. Estremecerse no es sentir lástima ni conmoverse durante unos segundos ante una imagen. Es permitir que el dolor del otro nos atraviese, nos incomode y nos impida seguir mirando de la misma manera. Es negarnos a convertir el sufrimiento humano en una cifra más, especialmente cuando quienes están detrás de esas cifras son niños y niñas.

El dolor negado también es violencia. Lo es cuando dejamos de nombrarlo, cuando lo justificamos hasta hacerlo soportable o cuando nos acostumbramos tanto a verlo que finalmente dejamos de verlo. Tal vez por eso necesitamos una pedagogía capaz de devolvernos la posibilidad de ser afectados por lo que le ocurre a otro, incluso cuando ese otro está lejos, habla otra lengua o vive al otro lado de una frontera.

Víctor Jara nos dejó una imagen que hoy adquiere una fuerza dolorosa: “frágil como un volantín”. Frágil es el papel sostenido por unas varillas, frágil es el hilo que puede cortarse y profundamente frágil es una infancia atravesada por una violencia que no eligió.

Dentro de pocas semanas nuestros cielos volverán a llenarse de volantines. Ojalá cuando levantemos la mirada podamos pensar también en aquellos niños que hoy tienen miedo de elevar una cometa. Porque una “paz justa y duradera”, como reclama León XIV, tendría que comenzar por algo tan elemental como permitir que un niño pueda correr, soltar el hilo y mirar hacia el cielo sin que nadie vea en su juego una amenaza.

Y quizás de eso se trate también el estremecimiento: de no permitir que el dolor del otro deje alguna vez de importarnos.

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