Q.F. Mauricio Muñoz Llanos, PhD.
Director de carrera de Química y Farmacia
Universidad Andrés Bello
La evolución de los derivados del cannabis en las últimas décadas representa un fenómeno de particular preocupación para la salud pública. Lo que históricamente se conocía como una planta con una potencia moderada ha experimentado una transformación radical, impulsada por técnicas de selección genética y procesos de manufactura avanzados. En los años setenta, las muestras de cannabis analizadas presentaban, en promedio, concentraciones de THC (su principal componente activo) cercanas al 3% o 4%. Hoy en día, mediante cultivos tecnificados, es habitual encontrar flores con niveles que superan el 20%. Sin embargo, la llegada de los concentrados marca un punto de inflexión en esta progresión.

En el último tiempo en Chile se ha detectado la denominada “Cera”, cuya elaboración requiere de concentrar los componentes activos del cannabis a través de la utilización de solventes orgánicos pudiendo alcanzar niveles que pueden sobrepasar el 70% de THC. El resultado es una sustancia de textura viscosa que permite la administración de altas dosis en un tiempo mínimo. Lo anterior implica que el organismo recibe concentraciones de la droga que sobrepasan ampliamente los mecanismos biológicos de adaptación saturando los sistemas reguladores del cerebro, que además de tener un mayor potencial adictivo, desencadena efectos adversos graves, a nivel del sistema nervioso central como episodios psicóticos, crisis de ansiedad, crisis de pánico, paranoia, alucinaciones, despersonalización, desorientación y a nivel cardiovascular taquicardia, palpitaciones, hipertensión seguida de muchas veces de hipotensión.
Otro factor crítico que la población debe considerar, además de los asociados a las altas dosis de THC, son los efectos tóxicos de los productos químicos utilizados para la elaboración, los que por cierto no poseen ningún criterio de seguridad y que tiene un elevado riesgo que presentar sus propios efectos tóxicos, además de poder agregar otro tipo de sustancias de menor valor, pero con efectos psicoactivos para aumentar el aumentar el volumen y la ganancia, tal como se hace con otras drogas.
La complejidad e implicancias sanitarias de estas nuevas formas de consumo exige que la sociedad comprenda el peligro que esconde está extendida idea de la inocuidad de lo “natural” o productos naturales. La protección de la salud pública requiere que estas nuevas formas de presentar la droga son un desafío sanitario, que demanda responsabilidad social, información técnica veraz y una vigilancia constante por parte de las autoridades y la comunidad científica.







