“La derechita cobarde o la esperanza de cordura”

Maximiliano Hurtado Roco

Ex convencional Constituyente.

A tres semanas de haber asumido, el gobierno de José Antonio Kast se ha caracterizado por dos elementos que no pasan desapercibidos. Por una parte, la adopción de decisiones altamente complejas y cuestionables, por ejemplo, el alza en el precio de los combustibles, el retiro del apoyo a la candidatura de Michelle Bachelet en la ONU o la reciente solicitud de renuncia a una directora mientras enfrenta un tratamiento de cáncer. Por otra, estas decisiones han estado acompañadas de una retórica confrontacional y agresiva, que busca justificarlas en lugar de abrir espacios de diálogo. Un tono que recuerda más a programas como “Sin Filtros” que a la responsabilidad que exige gobernar. Ejemplos de ello son la afirmación del “país en quiebra” difundida desde la Segegob o el “tiene que moverse del país” del ministro Poduje a un poblador en la Región del Biobío.

La combinación de malas decisiones y un relato violento ha instalado un clima de polarización que atraviesa el debate público nacional. La política se ha transformado en un permanente enfrentamiento, visible en programas de televisión, entrevistas y redes sociales, mientras la ciudadanía queda atrapada entre versiones contrapuestas, obligada a elegir a quién creerle. En ese escenario, el gobierno y su entorno han empujado a la oposición a situarse, casi inevitablemente, en la vereda de enfrente.

Sin embargo, en medio de esta tensión, comienza a asomar un elemento distinto. Frente a la negativa del gobierno de abrir espacios de diálogo y construir puntos de encuentro, un incipiente grupo de parlamentarios y figuras de Chile Vamos ha optado por marcar distancia. Y aunque para algunos esto pueda parecer conflictivo, lo cierto es que representa una señal que vale la pena observar con atención.

En los últimos días, voces como la de Ximena Ossandón, diputada de RN, han manifestado públicamente sus diferencias, la ahora vicepresidenta de su partido señalo en el programa Estado Nacional, su desacuerdo con la decisión de traspasar el costo del alza de las bencinas a las familias. Días antes, Ignacio Briones, ex ministro de Hacienda, había sido aún más categórico al afirmar que “la ignorancia es atrevida” frente a la idea de un “país en quiebra” difundida por el gobierno, cuestionando directamente la credibilidad del relato oficial. En la misma línea, Diego Schalper no dudó en desmarcarse de propuestas como limitar la gratuidad en la educación para mayores de 30 años

Esta tensión, que podría leerse simplemente como una disputa interna por la hegemonía del sector, puede ser algo más profundo. En un contexto de creciente polarización, estas señales aparecen como una posibilidad de moderación, una oportunidad para introducir cordura en un debate que parece avanzar sin frenos hacia la confrontación permanente. Porque cuando el clima político se polariza, siempre existen actores que tienen la capacidad de inclinar la balanza en uno u otro sentido. La clave está en si están dispuestos a asumir esa responsabilidad.

Durante el proceso de la Convención Constitucional, en una de varias conversaciones con Hernán Larraín Matte, él insistía en la responsabilidad que teníamos sectores como el nuestro para contribuir a moderar el resultado. Esa era una oportunidad real de incidir, de construir puentes y evitar un desenlace que profundizara las divisiones. No estuvimos a la altura, y es importante decirlo, pese a los esfuerzos no logramos conducir ese proceso hacia un punto de encuentro más amplio. Esa autocrítica no es menor, porque hoy la responsabilidad parece estar en otras manos. Y esta vez, por el bien del país, espero que quienes hoy tienen esa capacidad, como el mismo Hernán Larraín y otros liderazgos de su sector, sí tengan éxito ejerciéndolo.

Hacerles frente a los excesos del gobierno, reconducir el debate hacia el diálogo y poner por delante el interés del país no es un gesto de debilidad, sino de responsabilidad democrática. Más aún cuando otros actores han optado por caminos distintos, impulsando agendas como los retiros, las fórmulas antivacunas o la salida de la OMS, renunciando a ese mismo rol. En ese escenario, lo que algunos despectivamente llaman “derechita cobarde” puede terminar siendo, paradójicamente, la principal esperanza de cordura. Porque en tiempos de polarización, no se necesita más ruido, sino más sentido de realidad. Y eso, hoy más que nunca, es un bien escaso en la política chilena.

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