Lilian San Martín Medina
Directora Comité de Igualdad de Género Facultad de Ingeniería
Universidad Andrés Bello
El día siguiente al terremoto de 1647, que costó la vida de entre 600 y mil personas, se vivió el primer gran proyecto de ingeniería multidisciplinaria de nuestra historia, cuando los sobrevivientes se levantaron entre los escombros de Santiago y comenzaron a reconstruir un reino devastado. Por eso, cada 14 de mayo, se conmemora el Día Nacional de la Ingeniería.
Hoy, casi cuatro siglos después, la ingeniería sigue siendo la disciplina que levanta a Chile tras cada crisis, la que sostiene su economía y diseña su futuro, aun cuando todavía no logre saldar la deuda con el talento femenino.
Las cifras son elocuentes. Según el Consejo de Rectores, apenas el 25% de los estudiantes de carreras de ingeniería y tecnología en Chile son mujeres. En minería, motor del 10% del PIB nacional, ellas representan solo el 8% de la fuerza laboral. En informática, el 18% de los egresados. En inteligencia artificial, a nivel global, solo el 22% de los profesionales son mujeres, según el Foro Económico Mundial. No estamos ante una brecha de capacidades: estamos ante una brecha de oportunidades construida durante generaciones.
Lo paradójico es que la evidencia demuestra exactamente lo contrario del prejuicio. Estudios de Cochilco y del Consejo Minero documentan que los equipos mixtos en minería registran menor accidentabilidad, mejor comunicación y mayor productividad. El estudio Mujer y Trabajo 2026 de Cadem y ChileMujeres revela que la brecha de confianza digital entre hombres y mujeres alcanza 14 puntos, no por falta de competencia, sino por un entorno que ha repetido durante décadas que ese no es su lugar.

Hoy, la inteligencia artificial redefine industrias enteras y la ausencia de mujeres en su diseño no es solo una injusticia, es un riesgo técnico. Investigaciones del MIT demostraron que los algoritmos de reconocimiento facial entrenados por equipos homogéneos fallaban hasta un 35% más al identificar rostros de mujeres de piel oscura. El sesgo no estaba en la máquina: estaba en quienes la programaron.
Este 14 de mayo, celebrar la ingeniería en Chile exige mirar más allá del homenaje protocolar. Exige preguntarnos por qué una niña que pregunta si puede estudiar robótica sigue sin encontrar suficientes referentes que le digan que sí. Por qué los textos escolares siguen mostrando ingenieros siempre en masculino. Por qué en una sala universitaria con veinte alumnos, solo tres son mujeres y todas sienten que deben esforzarse el doble para ser tomadas en serio la mitad.
Chile necesita más ingenieras en la minería, en la robótica, en la informática, en la inteligencia artificial. No como gesto simbólico ni como cuota de género, sino porque un país que aspira al desarrollo no puede seguir trazando su futuro con solo la mitad de sus mentes sentadas a la mesa. Porque dejar la mitad del talento fuera es el equivalente a construir con una mano.








