Ximena Egas Biava
Académica de Obstetricia
Universidad Andrés Bello
«Parir con voz, parir con orgullo», lema en torno al cual reflexionamos este 2026 en torno al respeto en el parto nos interpela a dar un paso definitivo en la atención obstétrica. La evidencia científica y la ética profesional nos exigen transitar desde lo teórico hacia una atención integral y respetuosa, que comprenda el parto ya no como un procedimiento médico, sino como un acontecimiento biológico único y trascendental para el neurodesarrollo del recién nacido y la configuración psíquica de la madre.
El nacimiento marca un hito crítico en la arquitectura cerebral del niño y la niña. La voz de la madre no es solo un sonido ambiental; es el estímulo sensorial que el recién nacido reconoce de inmediato, actuando como un puente de seguridad entre la vida intrauterina y el mundo exterior. Cuando permitimos que la mujer exprese su voz, no solo estamos respetando su derecho a decidir sobre su cuerpo, sino que garantizamos que el primer contacto sonoro del neonato sea ese llamado primal que consolida la respuesta de cuidado y el apego seguro hacia su hijo o hija.
Para que la «voz y el orgullo» se traduzcan en realidades clínicas, la atención debe integrar pilares fundamentales respaldados por la evidencia científica actualizada: reconocer el plan de parto como una herramienta de derechos, donde la voz de la mujer defina su acompañamiento y posiciones de parto. Entender que el parto es un proceso neuroendocrino involuntario, la evidencia recomienda evitar intervenciones de rutina, como el uso sistemático de oxitocina sintética, que inhiben la expresión natural y la autogestión del dolor. Fomentar el contacto inmediato e ininterrumpido regula la termorregulación del recién nacido y permite que el primer reconocimiento auditivo de la voz materna ocurra sin interferencias.
Desde la formación académica, nuestro compromiso trasciende el aula. Buscamos visibilizar y evolucionar la mirada de la atención obstétrica, formando profesionales que integren la excelencia técnica con la sensibilidad necesaria para reconocer el parto como un acto de soberanía corporal. La universidad se constituye así en un pilar de humanización, promoviendo una cultura donde la evidencia científica sea el soporte fundamental para el respeto a los tiempos y la voz ancestral de la mujer.
Con las tasas de natalidad a la baja en nuestro país, tenemos el deber de proteger cada nacimiento como un evento sagrado de salud. Este cambio requiere que, desde los espacios de formación preparemos a las nuevas generaciones para escuchar más allá de los monitores. La voz de la mujer debe ser escuchada por quienes la acompañamos, pero, sobre todo, debe ser el primer refugio de quien llega a este mundo. Solo mediante esta transformación lograremos que parir con orgullo sea el estándar mínimo de dignidad que toda madre e hijo(a) merecen.








