Atrás sin golpes, la necesidad de hacer una pausa entre China y EE.UU.

Felipe Vergara Maldonado

Analista político

Director de Postgrados FEN UNAB

Fue la primera visita de un presidente estadounidense a China en casi nueve años, pero que fuera de parte de Donald Trump, el mismo que impuso aranceles como castigo a China, que la calificó de amenaza y que convirtió la guerra comercial en un instrumento de política exterior, parecía tensionar el encuentro entre ambas naciones, pero aquellos temores no fueron tal.  «Eres un gran líder; a veces a la gente no le gusta que lo expreso, pero lo digo de todos modos», le transmitió Trump a Xi JInping en las escasas declaraciones abiertas a la prensa, sin embargo, al líder chino poco le importó ser halagado. Su misión era fijar posiciones y la severa e inusualmente directa advertencia china sobre Taiwán dejó en claro que un manejo incorrecto de la cuestión taiwanesa podía conducir a un conflicto entre las dos potencias.Trump, por su parte, se negó al cierre de esta cumbre a comprometerse con la entrega del paquete de armamento aprobado por su propia administración para Taipéi, una concesión táctica que Beijing tomó como una victoria, aunque el secretario de Estado Marco Rubio se apresurara en aclarar que la política estadounidense sobre Taiwán «no ha cambiado», exponiendo nuevamente el carácter errático de la política exterior del presidente estadounidense.

Lo concreto de la cumbre fue escaso en papel, pero contundente en señales.  Trump anunció haber alcanzado «acuerdos comerciales fantásticos, excelentes para ambos países», sin ofrecer cifras ni documentos formales. La agenda visible apuntó a sectores como la agricultura, la aviación y la inteligencia artificial, mientras que el ‘elefante en la sala’, el tema de los aranceles, quedó formalmente fuera del diálogo. Además, que la delegación americana incluyera a Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang de Nvidia, reveló la lógica real de la visita de buscar abrir espacio para que el capital privado estadounidense siga operando en el mercado chino sin contratiempos regulatorios.

El otro gran tema que marcó las conversaciones fue Irán; el bloqueo del Estrecho de Ormuz, profundizó el conflicto en Medio Oriente, desencadenando lo que muchos ya califican como el mayor shock energético de la historia reciente. China, mayor comprador del crudo iraní, tiene una exposición enorme a cualquier disrupción en el área. Ambos líderes coincidieron en que Teherán no puede poseer armas nucleares y que el Estrecho debe permanecer abierto para el libre flujo de energía; este fue uno de los pocos consensos sustantivos de la cumbre. Trump, con su habitual pragmatismo transaccional, sugirió además que podría considerar el levantamiento de sanciones a empresas chinas que compran petróleo iraní. Un trueque que, si se concreta, impactará los flujos energéticos globales con efectos directos para el precio del petróleo y, por extensión, para las economías emergentes.

La cumbre logró estabilizar -al menos por ahora- la relación entre China y Estados Unidos, y abrir los canales de diálogo. La reunión fue, simbólicamente, el reconocimiento mutuo de que la confrontación entre ambas potencias llegó a un punto donde la competencia ya no puede administrarse únicamente mediante sanciones, amenazas comerciales o despliegues militares periféricos. En el contexto actual, con una guerra en Medio Oriente sin resolución y un sistema multilateral en descomposición acelerada, eso no es poco.

Pero lo que Beijing mostró esta semana es que las dos mayores potencias negocian sus diferencias bilateralmente, al margen de las instituciones multilaterales como la ONU la OMC, el G20, que no estuvieron en el centro de la cumbre de Beijing. Estuvieron Musk, Cook, Huang y la lógica de los grandes intereses nacionales e industriales; esto, para los países medianos y pequeños, debería ser una señal de alerta.  Chile es el mayor exportador de cobre del mundo y dueño de reservas de litio; tiene a China como su primer socio comercial y a Estados Unidos como su mayor inversor y depende en gran medida de lo que entre ellos suceda, porque las reglas del juego se están reescribiendo, y quienes no participan en la negociación solo pueden adherirse a lo que otros decidan.

La cumbre de Beijing fue una pausa negociada a la hostilidad económica entre dos potencias que saben que no pueden destruirse mutuamente sin destruir el mundo que ambas naciones quieren dominar. Para Chile, esta pausa es una oportunidad, la pregunta es si tendrá la visión estratégica para aprovecharla.

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