Niñas en ciencias: una brecha que también es cultural

Por Katia Riveros Zepeda

Educadora de Párvulos

Profesora de Educación Diferencial

Magister en Educación

Doctoranda en Educación y Eco transformación

Cuando hablamos de la participación de niñas en ciencias, solemos encontrarnos con una paradoja. Por una parte, existe un amplio consenso respecto de la importancia de reducir las brechas de género. Por otra parte, la conversación pública continúa restringida a determinados campos del conocimiento, especialmente aquellos asociados a las denominadas STEM: ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

Sin embargo, el desafío es más profundo.

Las niñas no solo están subrepresentadas en ciertos ámbitos científicos y tecnológicos. También han debido abrirse paso históricamente en espacios de producción de conocimiento donde durante siglos predominó una mirada masculina sobre el mundo. La ciencia no se limita a los laboratorios ni a los algoritmos. También se construye desde las ciencias sociales, las humanidades, las artes, la educación y los saberes territoriales.

Por ello, resulta cada vez más pertinente hablar de STEAM, incorporando las artes como un componente fundamental de los procesos de creación, innovación y comprensión de la realidad. Las grandes transformaciones científicas de nuestro tiempo requieren tanto pensamiento lógico como imaginación, sensibilidad estética y creatividad. Ninguna innovación relevante surge únicamente desde el cálculo; también emerge desde la capacidad de formular nuevas preguntas.

Las cifras muestran avances, pero también desafíos persistentes. A nivel internacional, las mujeres continúan siendo minoría en áreas vinculadas a ingeniería, computación y tecnologías avanzadas. Al mismo tiempo, persisten brechas en posiciones de liderazgo científico, acceso a financiamiento y reconocimiento académico.

Estas diferencias no responden a capacidades innatas. Responden a condiciones culturales que comienzan a configurarse desde edades tempranas. Los sesgos se expresan en los juguetes, en los referentes que mostramos en las escuelas, en las expectativas familiares y, muchas veces, en los mensajes implícitos sobre quiénes son considerados legítimos productores de conocimiento.

Como sociedad, debemos preguntarnos qué imaginarios seguimos reproduciendo cuando hablamos de ciencia. ¿Quiénes aparecen en los textos escolares? ¿Qué científicas conocen nuestras niñas? ¿Qué lugar ocupan las investigadoras latinoamericanas, las educadoras, las artistas, las científicas sociales o las mujeres pertenecientes a pueblos indígenas  en los relatos oficiales del conocimiento?

La pregunta de fondo no es cuántas niñas ingresarán mañana a carreras científicas. La pregunta es qué tipo de cultura científica estamos construyendo hoy.

Democratizar la ciencia implica ampliar el acceso, pero también ampliar su significado. Implica reconocer que la curiosidad, la investigación y la creación no pertenecen a una disciplina específica ni a un género determinado.

Las niñas no necesitan que les abramos la puerta a la ciencia porque nunca han estado fuera de ella. Lo que corresponde es remover las barreras que históricamente han invisibilizado sus aportes y restringido sus oportunidades de participación.

Porque el futuro del conocimiento será más diverso, más creativo y democrático en la medida en que incorpore todas las voces. También las de aquellas niñas que hoy observan el mundo con preguntas que todavía no hemos aprendido a escuchar.

Síguenos en facebook

Comparte

Facebook
Twitter
WhatsApp
error: Contenido protegido!!!
A %d blogueros les gusta esto: