Francesca Machiavello Narváez
Académica Administración en Ecoturismo
Universidad Andrés Bello
Cada vez que se acercan las vacaciones de invierno aparece la pregunta ¿dónde ir? Las agencias ofrecen promociones, las redes sociales se llenan de recomendaciones y miles de personas comienzan a buscar el destino perfecto. Sin embargo, detrás de esa pregunta existe otra mucho más importante y es ¿qué estamos buscando realmente cuando viajamos
Durante años asociamos las buenas vacaciones con la distancia. Mientras más lejos estaba el destino, más valioso parecía el viaje. Acumular sellos en el pasaporte, recorrer ciudades famosas o visitar lugares reconocidos se transformó, para muchos, en una medida del éxito de una experiencia.
Pero quizás el verdadero lujo de viajar hoy no sea la distancia recorrida, sino el tiempo recuperado. Vivimos conectados permanentemente. Los correos electrónicos, las notificaciones y las redes sociales nos acompañan a todas partes. Paradójicamente, mientras más herramientas tenemos para ahorrar tiempo, más sentimos que nos falta. Por eso, las vacaciones se han convertido en una oportunidad cada vez más escasa para hacer algo simple, detenernos.
Muchas personas planifican sus viajes con la misma intensidad con que organizan su trabajo. Elaboran listas de lugares que visitar, horarios que cumplir y actividades que completar. Sin darse cuenta, transforman el descanso en una nueva obligación.
Sin embargo, los mejores recuerdos de un viaje rara vez aparecen en los itinerarios. Suelen ser momentos inesperados. Una conversación con un desconocido, una caminata sin rumbo, una tarde observando la ciudad desde un café o el descubrimiento casual de una calle que no figuraba en ninguna guía y te sorprende.
Las vacaciones de invierno son especialmente propicias para ese tipo de experiencias. A diferencia del verano, donde todo parece invitar a la actividad constante, el invierno nos empuja hacia un ritmo más pausado. Es una estación que favorece la contemplación y nos recuerda que no todo momento debe estar ocupado.
Desde Chile existen numerosos destinos que permiten disfrutar esa experiencia sin necesidad de cruzar el mundo. Ciudades como Buenos Aires, Montevideo o Lima ofrecen cultura, historia, gastronomía y espacios para recorrer sin apuro. Más allá de sus atractivos turísticos, tienen algo que hoy resulta cada vez más valioso, que es el tiempo para ser vividas.
También existe una tendencia creciente a valorar destinos menos masificados. Durante años creímos que los lugares más visitados eran automáticamente los mejores. Sin embargo, muchos viajeros están descubriendo que las experiencias más memorables suelen encontrarse lejos de las grandes aglomeraciones. La diferencia es simple, un lugar famoso atrae visitantes por su reputación y un lugar significativo deja huellas por la experiencia que ofrece.
Quizás el verdadero valor de un viaje no esté en la cantidad de lugares visitados, sino en la calidad de nuestra atención. Cuando reducimos la velocidad comenzamos a percibir detalles que normalmente pasan desapercibidos como una tradición local, una conversación espontánea, una forma distinta de entender la vida. Viajar lentamente requiere aceptar algo que a veces olvidamos, no es necesario verlo todo. De hecho, muchas veces intentar verlo todo impide disfrutar cualquier cosa en profundidad.
Estamos en una época obsesionada con registrar cada instante, pero también vale la pena recordar que no todas las experiencias necesitan una fotografía. Algunos de los mejores momentos de un viaje son precisamente aquellos que permanecen solo en nuestra memoria.
Las vacaciones deberían ser una oportunidad para recuperar algo que la vida cotidiana nos quita constantemente: la atención, la calma y la presencia. Por eso, si este invierno está pensando en salir de Chile, considere una recomendación distinta. No elija solamente un destino. Elije también una forma de viajar.
Busca ciudades que inviten a caminar. Busca conversaciones que no estaban planificadas. Busca espacios donde el silencio todavía tenga lugar. Y, sobre todo, busca tiempo.
Porque los destinos cambian, las modas turísticas cambian y las fotografías terminan olvidadas en algún archivo digital. Pero la sensación de haber vivido plenamente un viaje permanece. Quizás ese sea el verdadero lujo de viajar hoy. No llegar más lejos, sino regresar más cerca de uno mismo.








