Por Dra. María Soledad Gaytán Hernández, médica miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET).
En los últimos años, el cannabis ha dejado de ser percibido por muchos como una droga de riesgo para convertirse en una sustancia socialmente aceptada, especialmente entre jóvenes. Sin embargo, desde la salud ocupacional esta normalización plantea desafíos que no pueden ser ignorados.

La preocupación no se limita al consumo en sí, sino al momento en que éste ocurre y a sus consecuencias sobre el desempeño laboral. El cerebro humano continúa desarrollándose hasta aproximadamente los 25 años. Cuando el consumo comienza en la adolescencia y se mantiene en el tiempo, puede afectar funciones esenciales para el trabajo, como la atención, la memoria, el juicio, el control de impulsos y la capacidad de aprendizaje. Estas alteraciones no siempre son evidentes durante una entrevista laboral, pero pueden manifestarse bajo presión, frente a tareas complejas o durante situaciones de emergencia.
La evidencia científica reciente resulta especialmente preocupante. Un estudio longitudinal canadiense publicado en 2023, que siguió a más de 2.700 trabajadores, concluyó que consumir cannabis antes o durante la jornada laboral se asocia con casi el doble de riesgo de sufrir lesiones ocupacionales. En contraste, el consumo realizado fuera del horario laboral no mostró un incremento significativo del riesgo. Esto obliga a replantear el enfoque tradicional de muchas empresas. La discusión no debe centrarse únicamente en si un trabajador consume cannabis en su vida privada, sino en si se encuentra en condiciones seguras para desempeñar sus funciones al momento de trabajar.
Los riesgos son particularmente relevantes en ocupaciones críticas. Operadores de maquinaria pesada, conductores profesionales, trabajadores de minería y construcción, personal que trabaja en altura o espacios confinados, operadores industriales, profesionales de la salud, pilotos y controladores aéreos desarrollan tareas donde una disminución de segundos en el tiempo de reacción puede tener consecuencias fatales. Sin embargo, los efectos también alcanzan a actividades aparentemente menos riesgosas. Profesores, abogados, profesionales financieros o cargos directivos dependen de la memoria de trabajo, la capacidad de análisis y el juicio para tomar decisiones adecuadas. El deterioro de estas funciones puede afectar significativamente la calidad del trabajo y aumentar los errores.
La experiencia internacional entrega señales de alerta adicionales. Investigaciones recientes muestran que, tras procesos de legalización recreativa, las lesiones laborales aumentaron hasta un 12,9% por cada 100 trabajadores a tiempo completo, con incrementos cercanos al 10% entre trabajadores jóvenes de 20 a 34 años. Más allá del cannabis, la salud ocupacional enfrenta nuevas amenazas. El alcohol continúa siendo la sustancia que genera más accidentes laborales en términos absolutos. A ello se suman el uso creciente de benzodiazepinas, opioides prescritos para dolor crónico y la irrupción de drogas sintéticas como el “Tusi”, cuyo consumo suele asociarse al policonsumo y a efectos altamente impredecibles.
El desafío para las organizaciones no consiste únicamente en prohibir sustancias. Consiste en construir culturas preventivas, capacitar a supervisores para detectar signos tempranos de deterioro, promover entornos donde los trabajadores puedan solicitar ayuda sin temor y comprender que el consumo problemático es, antes que todo, un problema de salud. Porque la salud laboral es un trabajo mancomunado, en el que proteger el bienestar de las personas requiere el compromiso y la acción conjunta de las organizaciones y los trabajadores.








