El problema no son las lluvias, es la falta de criterio y sentido común 

Por: Hernán Leal, empresario chileno, escritor y montañista, fundador y presidente ejecutivo de FASTCO Group

En las últimas semanas, marcadas por sistemas frontales, hemos visto a personas en Chile ingresar al Cajón del Maipo pese a las alertas meteorológicas o acercarse al borde del mar durante fuertes marejadas. ¿Qué revelan este tipo de casos sobre la cultura de prevención que existe hoy en Chile?   Para mí, la respuesta es muy simple: el costo de incumplir medidas por las autoridades es bajo o así lo perciben las personas que se atreven a desafiar a la autoridad.

En los últimos días se ha instalado el debate sobre si corresponde o no cobrar los costos de rescate a quienes desobedecen las restricciones impuestas por la autoridad. La discusión no es menor, ya que cada una de estas imprudencias obliga a movilizar importantes recursos humanos, técnicos y económicos para rescatar a personas que, en muchos casos, decidieron ignorar advertencias que buscaban precisamente proteger sus vidas. En mi opinión, si queremos que esto se termine, la legislación debería contemplar el cobro de todos los gastos incurridos en rescates que pudieron ser evitables.  En Estados Unidos algunos estados exigen el uso de tarjetas de prevención como el Hike Safe Card que asegura el rescate en caso necesario y, en  varios otros condados, facturan los gastos de rescate evitables.

En España también existen precedentes. En comunidades autónomas como Aragón o Cataluña, la normativa permite cobrar total o parcialmente los costos de rescate cuando el accidente ocurre por una imprudencia manifiesta, como ingresar a zonas cerradas, ignorar alertas meteorológicas o realizar actividades de riesgo sin el equipamiento adecuado. En Suiza es habitual que los rescates en montaña sean cobrados o cubiertos mediante seguros específicos o membresías como la de REGA, el rescate aéreo de emergencia. El objetivo de  lo anterior, no es castigar a quien sufre un accidente fortuito, sino desincentivar conductas irresponsables que ponen en riesgo tanto a la persona como a los equipos de emergencia.

Apatía colectiva y el sesgo de optimismo

Muchas veces se tiende a culpar por las tragedias exclusivamente a los fenómenos naturales. Hemos sido testigos de varias consecuencias que hemos debido lamentar por la falta de criterio, el exceso de confianza o simplemente no seguir las recomendaciones de las autoridades.  Chile es un país con más de 4 mil kilómetros de largo, con prácticamente todos los tipos de climas, rodeado de altas montañas (Chile está dentro los 20 países más montañosos del mundo), el  océano pácifico en toda su extensión oeste y además tiene varias fallas tectónicas (causantes de los constantes eventos sísmicos) que afectan todo el país.  Por lo tanto, tenemos varias fuentes de desastres naturales: sequías, inundaciones, marejadas, terremotos, incendios forestales, etc.  que son prácticamente previsibles y ya muy conocidos.  Sin embargo, nos hacemos los sorprendidos cuando ocurren y peor aún, le echamos la culpa al cambio climático por las tragedias humanas.  Quiero aclarar que no niego que se estén generando cambios en el clima, pero eso nada tiene que ver con que personas con poco criterio construyan sus casas sobre dunas, cerca de la orilla del mar o ríos, cerca de bosques que se secan en verano o en laderas de montañas que sufren aluviones.

Lamentablemente nos hemos ido acostumbrando a los desastres naturales lo que produce un fenómeno que se llama “apatía colectiva”: la población deja de percibir el peligro real.  Esto hace que las personas se relajen en seguir las recomendaciones o las órdenes de la autoridad para evitar accidentes.

Porque una cosa es ser valiente y otra es ser temerario.  El valiente enfrenta con coraje los peligros, los desafíos o sus miedos, pero el temerario asume riesgos innecesarios.  Actualmente, los pronósticos del clima son cada vez más certeros y disponibles en tu celular.       En consecuencia, no hay excusas para no saber que un frente cargado de lluvias, marejadas  o fuertes vientos en una zona con incendios forestales.  Prácticamente no hay excusas para decir que no sabíamos que se avecinaba un potencial desastre.

Ir de expedición al Himalaya, como lo he hecho en muchas ocasiones, implica ser valiente porque te vas a enfrentar a peligros tales como avalanchas, tormentas de viento y nieve, frío extremo, grietas, falta de oxígeno, etc..  Pero incluso en la alta montaña es posible prevenir y tomar decisiones inteligentes para evitar accidentes que pueden ser mortales.

En marzo de 2025 estuve escalando el Sharp IV (6.433 metros de altitud), una montaña en una región muy alejada de Nepal que no tenía registros de cumbre, íbamos por el primer ascenso.  No teníamos idea por dónde escalarla, estudiamos las rutas posibles por dos semanas rodeando la montaña. Al final decidimos una ruta que implicaba cruzar al menos dos sectores de potencial avalancha. Entonces escalamos debajo de ese sector hasta que nevara, luego esperamos en el campo base, llegó el sol y se vinieron dos días de avalanchas hasta que supimos por donde teníamos que escalar.

Finalmente el 25 de marzo de 2025  llegamos a su cumbre por primera vez en la historia y regresamos enteros y felices.  Si en un entorno totalmente desconocido y extremo podemos evitar varios peligros ¿entonces por qué algunos deciden asumir riesgos innecesarios?

Este fenómeno es denominado por la psicología «sesgo de optimismo», entendiéndose como  la tendencia de creer que las desgracias les ocurren a otros, pero no a uno mismo. A esto se suma la ilusión de control, que lleva a muchas personas a sobreestimar su capacidad para manejar situaciones peligrosas. «Yo alcanzo a cruzar», «sé nadar», «he venido muchas veces», «conozco el lugar». Esa falsa sensación de invulnerabilidad explica por qué algunos desafían un río crecido, una marejada o un incendio forestal creyendo que podrán reaccionar a tiempo. El problema es que la naturaleza no negocia ni da segundas oportunidades.

La verdadera cultura de la prevención no se construye cuando llega el desastre. Se construye mucho antes, en casa,  con educación, responsabilidad y consecuencias claras para quienes deciden ignorar el riesgo. Como padres debemos enseñar a nuestros hijos el no asumir riesgos innecesarios, a salir rápido de una zona de peligro y a estar preparados en casos de desastres con un kit de emergencia contenga lo esencial: agua potable, alimentos no perecibles para al menos 72 horas, una linterna con pilas de repuesto, radio portátil, power bank completamente cargado, botiquín de primeros auxilios, medicamentos de uso permanente, cargador o batería externa para el teléfono celular, documentos importantes protegidos en bolsas impermeables, dinero en efectivo, ropa de abrigo, una manta y artículos de higiene personal. Estar preparados puede marcar la diferencia entre enfrentar una emergencia con calma o quedar completamente vulnerables durante las primeras horas críticas.

Mientras en Chile siga siendo prácticamente “gratis» poner en peligro la propia vida y movilizar recursos públicos por imprudencias evitables, seguiremos lamentando tragedias que nunca debieron ocurrir. Sólo cuando entendamos que la prevención también implica asumir responsabilidades individuales, podremos decir que estamos realmente preparados para convivir con los desastres naturales que, inevitablemente, seguirán siendo parte de nuestra realidad.

 

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