A la altura de sus ojos
Por Katia Riveros Zepeda
Educadora de Párvulos
Profesora de Educación Diferencial
Magister en Educación
Doctoranda en Educación y Eco transformación
Este domingo 9 de agosto celebramos el Día de la Niñez en Chile. Las vitrinas llevan algunas semanas haciendo el anuncio y, a propósito de aquello, les invito a hacer algo simple, pero a la vez complejo: abrir la puerta, salir a la calle y observar la ciudad a la altura de los ojos de un niño o una niña.
¿Qué encontraríamos desde allí?
Probablemente descubriríamos otra ciudad. Niños y niñas tienen esa extraordinaria capacidad de hacer aparecer mundos donde los adultos apenas vemos objetos y lugares. Si bien es cierto que es posible jugar con casi nada —una piedra, unas hojas o un poco de tierra bastan para que aparezca una historia—, también sabemos que los entornos pueden ampliar las posibilidades de experiencia. Espacios diversos, con materiales, texturas, naturaleza y oportunidades para el movimiento, invitan a explorar, tocar, construir, descansar, divagar, imaginar y encontrarse con otros.
Esas experiencias son fundamentales. Allí se descubre el propio cuerpo y el entorno, se toman pequeñas decisiones, se resuelven dificultades, se inventan reglas y se aprende a convivir. Entre juegos, encuentros y descubrimientos van emergiendo autonomía, creatividad, vínculos, confianza y nuevas maneras de comprender y leer el mundo.
Pero para que esas experiencias ocurran se necesitan, al menos, dos cosas: tiempo y un lugar donde hacerlas posibles.
Respecto del tiempo, los datos llaman la atención. En Chile, según cifras difundidas este año por Fundación Integra, niños y niñas llegan a los siete años acumulando alrededor de 8.760 horas de juego, frente a las 15.000 horas señaladas como referencia para esos primeros años. La diferencia bordea las seis mil horas.
Podemos contarlas o preguntarnos qué podría haber ocurrido dentro de ellas: reír, correr, inventar historias, esconderse, ensuciarse, aburrirse, aprender a perder, resolver un desacuerdo, crear reglas para cambiarlas cinco minutos después, encontrarse con otros o simplemente descansar.
Quizás hemos llenado la infancia de actividades y hemos ido dejando cada vez menos espacio para ese tiempo sin instrucciones: jugar libremente, aburrirse, divagar, imaginar o simplemente estar.
Y junto al tiempo aparece la segunda cuestión: ¿dónde ocurre todo aquello?
Es allí donde la ciudad y sus barrios entran en esta historia.
Francesco Tonucci lleva décadas invitándonos a mirar desde otra altura. Su propuesta de La ciudad de los niños nos lleva a preguntarnos qué pasaría si pensáramos nuestras ciudades considerando también a quienes las habitan siendo pequeños.
Vale la pena intentarlo. ¿Qué puede hacer un niño o una niña al salir de su casa? ¿Qué puede descubrir, recorrer, transformar o imaginar? ¿Dónde puede encontrarse con otros? Más que preguntarnos solamente qué hay en un barrio, podríamos preguntarnos qué experiencias permite ese territorio.
Entonces probablemente descubriremos ciudades diferentes dentro de una misma ciudad. Tal vez el ejercicio nos lleve también a recordar nuestras primeras experiencias de juego en las calles y plazas del barrio y aquellos lugares que transformábamos, casi sin darnos cuenta, en territorios propios.
En algunos sectores existen múltiples espacios de encuentro, recreación y contacto con la naturaleza; en otros, esas posibilidades disminuyen considerablemente. Las investigaciones realizadas en Chile muestran diferencias en la distribución, superficie y accesibilidad de las áreas verdes relacionadas con las condiciones socioeconómicas de los territorios.
Dice qué tan disponible está el espacio público y qué posibilidades existen para moverse, jugar, encontrarse, explorar o permanecer al aire libre. En definitiva, qué experiencias cotidianas están al alcance de unos niños y niñas y cuáles permanecen mucho más distantes para otros.
Hace algún tiempo he venido pensando estas diferencias desde una idea que denomino justicia geopedagógica: preguntarnos cómo los territorios amplían o restringen las posibilidades de juego, aprendizaje y vida de quienes los habitan. Desde esta perspectiva, la desigualdad de posibilidades pedagógicas comienzan mucho antes de ingresar al sistema escolar.
Cuando UNICEF Chile ha preguntado a niños y niñas qué consideran importante para vivir bien, el juego aparece relacionado precisamente con disponer de espacios adecuados y seguros para hacerlo. Tal vez debamos escuchar con mayor atención.
Todo esto tiene además una dimensión de derecho. El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el descanso, el esparcimiento, el juego y la recreación. Chile ratificó esta Convención el 14 de agosto de 1990. Más de tres décadas después, la pregunta también debe dirigirse hacia las condiciones que hacemos posibles para ejercer esos derechos.
Y después de mirar nuestros barrios habrá que preguntarnos qué hacemos con aquello que vemos. Escuchar a las niñeces, conocer los lugares que habitan y aquellos que evitan, incorporar sus voces en las decisiones sobre los espacios públicos y observar dónde se concentran las oportunidades y dónde escasean.
Reconocer el derecho al juego implica también crear las condiciones para que pueda ejercerse. Quizás esta conmemoración sea una buena oportunidad para comenzar: abrir la puerta, recorrer nuestros barrios y cambiar, por un momento, nuestra altura.
Las posibilidades de vivir plenamente la niñez no deberían estar condicionadas por el código postal del lugar que se habita.








