Mg. Ps. Rodrigo Maturana M.
Académico Psicología Vespertino
Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud
Universidad Central de Chile, Sede Región de Coquimbo
Dos veces al año Chile cambia la hora. La medida nació en 1968, en plena sequía, para aliviar la generación hidroeléctrica y aprovechar mejor la luz del día. Hoy los argumentos son otros: ahorro energético, consumo, turismo. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué le hace este cambio al cuerpo y la mente de las personas? Las leyes que nacen del Estado también tocan nuestra biología.
Los seres humanos tenemos un ciclo circadiano, regulado por el núcleo supraquiasmático, que sincroniza sueño, ánimo y rendimiento con el ambiente. Para ello contamos con Zeitgebers (señales externas que ponen en hora tu reloj biológico) El más potente es la luz. Cambiar la hora altera esa señal y puede desalinear el reloj interno del día solar.
No todos respondemos igual. Gentry et al. (2021) identifican cronotipos matutino, vespertino e intermedio, además de un fenotipo de sueño corto natural (FNSS). Son rasgos biológicos, moldeados por genética y ambiente, no simples preferencias.
Los matutinos se adaptan con facilidad: su reloj ya adelantado sufre solo un desajuste leve, aunque en adultos mayores el atraso de hora puede traer despertares más tempranos y somnolencia vespertina.
Los vespertinos son los más afectados. Su reloj funciona tarde y el cambio los obliga a un horario social aún más lejano de su biología: dificultad para dormir, somnolencia matinal, irritabilidad y menor rendimiento. En Chile esto golpea sobre todo a adolescentes y jóvenes, que ya tienden a cronotipos tardíos y deben cumplir horarios escolares o laborales tempranos.
La mayoría, con cronotipo intermedio, sufre efectos moderados: sueño fragmentado y cansancio mientras el reloj se reajusta, en un plazo de tres a catorce días. Quienes tienen FNSS se adaptan rápido, gracias a un sistema circadiano más estable, es decir necesitan menos hora de sueño para sentirse descansados.
Si el cambio horario afecta de forma tan distinta a la población, ¿conviene mantenerlo? El debate no puede limitarse a lo económico, como en 1968. Debe poner en el centro la salud, en un país donde la salud mental ya es un desafío mayor y las políticas públicas van a la zaga. La pregunta no es si el cambio horario resulta cómodo o rentable, sino si sus beneficios sociales compensan sus costos en salud.








