Ana Buzzoni, Directora Escuela de Diseño Universidad UNIACC
La reciente decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas de promover el abandono progresivo de la proyección de Mercator en favor de representaciones cartográficas que reflejen con mayor precisión el tamaño relativo de los territorios, particularmente el de África, debiera invitarnos a una reflexión que va mucho más allá de la cartografía.
Durante siglos hemos aprendido a mirar el mundo a través de una imagen que, aunque técnicamente útil, altera profundamente nuestra percepción de las proporciones y ha contribuido a construir imaginarios sobre magnitud, poder y periferia.
Una vez más, se hace patente que las representaciones gráficas no son inocuas. Están cargadas de significado y construyen modos de ver el mundo. Transmiten información y organizan aquello que vemos, aquello a lo que damos importancia y aquello que dejamos fuera de nuestro imaginario.
En una época en que las imágenes se producen y circulan con una velocidad inédita, resulta particularmente urgente recuperar una alfabetización visual crítica. Si bien la proyección de Mercator no fue creada para empequeñecer África, sino para resolver un problema específico de navegación, su uso extendido en contextos educativos, culturales e institucionales ha tenido consecuencias en la manera en que generaciones enteras imaginan el mundo.
Si extrapolamos este dilema de la representación al actual panorama de producción de imágenes mediante inteligencia artificial, tendremos que preguntarnos qué imágenes se están reproduciendo y utilizando hoy con fines educativos, y si estas contribuyen a construir un imaginario desconectado de la realidad.
Una nueva imagen no será capaz de corregir por sí sola siglos de desigualdad, pero constituye un paso importante hacia una representación más honesta del mundo y hacia una mayor conciencia sobre el peso de las imágenes que decidimos utilizar.








