Gaza: las niñeces vulneradas nos exigen algo más que conmoción

Katia Riveros Zepeda

Educadora de Párvulos

Profesora de Educación Diferencial

Magister en Educación

Doctoranda en Educación y Eco transformación

Una infancia necesita tiempo para jugar, personas en quienes confiar y un lugar donde sentirse a salvo. Necesita la certeza de que habrá un mañana. Cuando esas condiciones son destruidas, la vulneración alcanza mucho más que el presente: hiere los vínculos, la memoria y las posibilidades de imaginar la propia vida. En Gaza, preguntarnos por las niñeces nos obliga a mirar esa herida y a examinar nuestra responsabilidad frente a ella.

La magnitud de la pérdida resulta estremecedora. El 2 de julio de 2026, Save the Children informó que al menos 21.000 personas menores de edad habían sido asesinadas por las fuerzas israelíes desde octubre de 2023, además de un número desconocido que permanecía bajo los escombros. Cada vida perdida tenía una historia, afectos y posibilidades que ninguna estadística puede restituir.

Escribí Educación en Gaza. Donde los escombros son escuelas y el profesorado lucha para que la infancia no sea olvidada, desde una inquietud que sigue abierta: ¿por qué el sufrimiento de algunas niñeces moviliza una respuesta inmediata, mientras el de otras puede ser observado, explicado y finalmente tolerado? La pregunta incomoda porque compromete nuestra manera de reconocer a los demás. ¿Qué sucede cuando conocemos el dolor y, aun así, aprendemos a convivir con él?

En el prólogo, Miguel López Melero plantea una pregunta decisiva: «¿Cómo ha de ser la educación para que garantice que no vuelva a suceder lo de Gaza?». Su interpelación lleva el problema hasta las aulas y la formación del profesorado. Nos exige revisar qué entendemos por educar, qué lugar damos a la dignidad humana y cómo respondemos cuando esa dignidad es arrasada.

La destrucción educativa permite dimensionar esa responsabilidad. En su actualización de abril de 2026, UNICEF señaló que cerca del 98 % de los edificios escolares de Gaza estaban dañados, y que más del 93 % requerían rehabilitación importante o reconstrucción completa. Una escuela destruida supone también la pérdida de un lugar de encuentro, de rutinas compartidas y de relaciones que ayudan a sostener la vida.

La educación pierde parte de su sentido cuando enseña derechos humanos sin abrir espacios para comprender las experiencias de quienes ven vulnerados esos derechos. Hablar de paz requiere examinar las condiciones que hacen posible vivir en ella. Enseñar el cuidado implica reconocer a quienes necesitan protección, incluso cuando su lengua, su historia o su territorio nos resultan lejanos.

La ética del rostro de Emmanuel Lévinas ofrece una orientación para pensar esa responsabilidad. En el libro lo expreso así: «El rostro infantil —frágil, indefenso, interpelante— debería bastar para activar la responsabilidad más allá de todo contrato». Ese rostro nos reclama antes de cualquier cálculo de conveniencia. Su humanidad no depende de nuestra afinidad política ni de la cercanía geográfica. Una vida infantil merece protección por su dignidad.

Sin embargo, la distancia puede convertirse en una excusa. Las imágenes circulan y corremos el riesgo de acostumbrarnos. La repetición del horror puede debilitar nuestra capacidad de detenernos ante cada vida, reconocer una biografía y comprender una pérdida. A esa exclusión del sufrimiento del horizonte de nuestra responsabilidad la llamo dolor negado: un dolor conocido que no recibe el reconocimiento ni la respuesta que exige.

En el epílogo, Silvia López de Maturana nos pregunta: «¿Cuándo perdimos la capacidad de cuidar? ¿Por qué nos volvimos indiferentes e insensibles al otro?». Sus palabras sitúan el cuidado en nuestras relaciones cotidianas y en las decisiones colectivas. Cuidar exige advertir las consecuencias de nuestros actos, de nuestras omisiones y de aquello que terminamos aceptando como inevitable.

Desde ahí propongo una pedagogía del estremecimiento. El estremecimiento comienza cuando el sufrimiento ajeno interrumpe nuestras certezas; adquiere sentido educativo cuando se transforma en comprensión, responsabilidad y acción. Conmovernos puede abrir una puerta, pero necesitamos atravesarla: estudiar la historia, escuchar las voces palestinas, cuestionar los discursos que deshumanizan y sostener prácticas de solidaridad.

También necesitamos reconocer los esfuerzos por recuperar el aprendizaje sin confundirlos con el restablecimiento pleno del derecho a la educación. Según el informe de OCHA del 25 de septiembre de 2026, aproximadamente 495.000 personas en edad preescolar y escolar estaban inscritas en espacios educativos apoyados por Naciones Unidas y sus organizaciones asociadas, mientras unas 200.000 permanecían sin acceso a ninguna forma de aprendizaje estructurado. Estos datos muestran tanto la persistencia del trabajo educativo como la enorme desprotección que sigue pendiente de respuesta.

Mi libro reconoce al profesorado que procura sostener el aprendizaje en condiciones extremas. Allí, el encuentro educativo puede preservar vínculos, pertenencia y una posibilidad de futuro. Ese reconocimiento debe acompañarse de una exigencia de protección: ninguna persona debería tener que enseñar, aprender o crecer entre escombros.

Las niñeces de Gaza nos interpelan desde su derecho a vivir, jugar, aprender y ser cuidadas. La respuesta empieza cuando dejamos de considerar su sufrimiento ajeno y asumimos las responsabilidades que están a nuestro alcance. Que el dolor nos estremezca debe significar, también, que algo cambie en lo que enseñamos, en lo que exigimos y en lo que hacemos.

Síguenos en facebook

Comparte

Facebook
Twitter
WhatsApp
error: Contenido protegido!!!
A %d blogueros les gusta esto: