Por Javier Bronfman
Director SYM Consulting
Atacama enfrenta una oportunidad histórica para transformar inversiones en bienestar. El desafío ya no es identificar las brechas, sino priorizar, coordinar y ejecutar proyectos capaces de generar valor sistémico, diversificar la economía y mejorar la calidad de vida de las personas en la región.
Si una conclusión quedó clara tras FOREDE 2026, es que gran parte del futuro de Atacama dependerá de su capacidad para planificar, priorizar y materializar la infraestructura habilitante que requiere su desarrollo. La magnitud de las inversiones proyectadas en minería, energía y otras actividades productivas puede transformar profundamente su economía durante las próximas décadas.
El reto no consiste únicamente en atraer inversiones, reside también en crear las condiciones para que esas inversiones generen desarrollo compartido, capacidades permanentes y una mejor calidad de vida para quienes habitan el territorio. Y es ahí donde la infraestructura emerge como un factor decisivo.
Con frecuencia se entiende la infraestructura como un conjunto de obras destinadas a facilitar proyectos específicos. Pero la infraestructura habilitante cumple una función mucho más estratégica: crea condiciones para que múltiples actividades económicas puedan desarrollarse simultáneamente, aumenta la productividad del territorio y amplía las oportunidades para las personas, las comunidades y las empresas locales.
Lo relevante es que gran parte de la infraestructura que Atacama requiere tiene una característica clave, su escala óptima no implica múltiples soluciones paralelas, sino grandes infraestructuras compartidas capaces de atender las necesidades de diversos usuarios y sectores productivos.
Las desaladoras son quizás el ejemplo más evidente. Resulta difícil imaginar que cada proyecto minero, agrícola, industrial o urbano construya y opere sistemas independientes cuando existen importantes economías de escala asociadas a soluciones compartidas. Algo similar ocurre con corredores logísticos, carreteras estratégicas, puertos, y la generación y transmisión energética.
En estos ámbitos, la colaboración no es solo deseable; es la alternativa más eficiente desde una perspectiva económica, social y territorial. Cuando la infraestructura se diseña desde una visión integrada, sus beneficios se multiplican. Una desaladora puede fortalecer simultáneamente la seguridad hídrica de las comunidades y habilitar nuevas inversiones productivas. Una red de transmisión eléctrica puede impulsar proyectos mineros, energías limpias y nuevas actividades industriales. Un corredor logístico puede mejorar la competitividad de una faena minera y, al mismo tiempo, abrir oportunidades para el turismo, la agricultura y los servicios. Esa es la diferencia entre infraestructura para proyectos e infraestructura para el desarrollo.
Por ello, la discusión que instaló FOREDE 2026 no es únicamente sobre qué proyectos ejecutar, sino cómo organizarlos en torno a una visión compartida de desarrollo regional y su gobernanza. Si bien hay claridad y consenso respecto de las brechas de desarrollo, históricamente ha resultado muy difícil transformar ese diagnóstico compartido en prioridades concretas, proyectos ejecutados e impactos tangibles sobre el bienestar de las personas. La pregunta central ya no es qué hacer, sino que cómo hacerlo.
En este contexto, el lanzamiento de la Agencia Regional de Infraestructura Habilitante para el Desarrollo de Atacama (ARIHDA) representa una iniciativa prometedora. Su potencial aporte va mucho más allá de promover proyectos específicos. ARIHDA puede transformarse en la institución capaz de articular una visión territorial de largo plazo, coordinar actores públicos y privados, identificar proyectos estratégicos, movilizar financiamiento y acelerar la ejecución de infraestructura con impacto regional, bajo una gobernanza efectiva que trascienda los ciclos políticos y fortalezca las confianzas.
Ninguna institución resolverá por sí sola los desafíos de Atacama. Pero una agencia con capacidad técnica, legitimidad territorial y vocación de ejecución puede ayudar a cerrar una brecha histórica entre planificación y resultados. Porque el desafío que enfrenta Atacama no es simplemente construir más infraestructura. Es construir la infraestructura capaz de conectar territorios, multiplicar oportunidades, fortalecer sectores emergentes, atraer nuevas inversiones y mejorar la calidad de vida de las personas.
Si algo nos dejó FOREDE 2026, es la convicción de que el futuro de Atacama dependerá menos de la cantidad de proyectos que se anuncien y más de la capacidad colectiva para convertirlos en activos compartidos para el desarrollo.
Porque el desarrollo no ocurre cuando la infraestructura atraviesa un territorio. Ocurre cuando esa infraestructura crea oportunidades para quienes viven en él. El éxito de Atacama no se medirá por las obras que inaugure, sino por el bienestar que esas obras sean capaces de generar. Si la próxima década logra transformar infraestructura en oportunidades, crecimiento en desarrollo y coordinación en resultados, Atacama habrá dado un paso histórico.







