Pampilla y carreras a la chilena

    Tradicionalmente, en nuestro país, en el marco de la celebración de las Fiestas Patrias, el día 19 de septiembre está asociado a la realización de la “pampilla”, una fiesta popular que congrega a las familias de nuestro país, siendo la más famosa la Pampilla de Coquimbo, cuyos inicios se remontan al año 1864, cuando se realizaban diversas prácticas militares frente a quienes concurrían al lugar los días 18 y 19 de septiembre.   La pampilla, dependiendo de la geografía de nuestro país, es el sitio con más olor a campo posible, con esto quiero decir, que necesariamente tiene que haber arbolitos para comerse el asado a la sombra; pastito para recostarse a “dormir la mona” y harto espacio para que los niños puedan elevar sus volantines y, en la mayoría de los casos, para dar rienda suelta a las carreras a la chilena, que son competencias de velocidad entre dos caballos en un terreno natural, donde los jinetes conducen sin montura, las que con el paso de los años se fueron haciendo cada vez más populares constituyéndose en motivo de entretención y unión de la comunidad en estas fiestas.   Para realizar las carreras a la chilena es necesario contar con una cancha adecuada. En Copiapó hubo lugares importantes que se utilizaron como canchas de carrera: el sector de La Chimba; al costado del cementerio municipal; el sector del ex matadero (donde hoy se ubica la población Las Canteras), en la cancha de la aviación antigua (actuales terrenos del Regimiento); la cancha Ravello (sector cercano al Estadio Luis Valenzuela Hermosilla) y en la denominada calle del Medio, actualmente conocido como Callejón Leonidas Pérez.   En los primeros años de la década del 80 destacaban los jinetes Dagoberto Pérez y Bernardo Boggioni, quienes eran los dueños de caballos que cruzaban apuestas, como el caballo “Destacado” contra la yegua “Sapita”, en una distancia de 400 metros, en una pista que cruzaba gran parte del pueblo Manuel Antonio Matta, como se le conocía entonces.   Son varios los personajes que, revestidos de autoridad, intervienen para dirigir las carreras. Está el “gritón”, que es el encargado de dar la partida; se le suma un “veedor” para cada parte, el que debe colocarse en el costado de la cancha, en sentido contrario al de su caballo; también está el “juez”, que es una tercera persona que ambos apostadores eligen de común acuerdo y que tiene por misión determinar al ganador. A veces, también se designa a un “veedor de malicia”, que es el encargado de controlar posibles engaños, como arreglos de carreras o arreglos de caballos.   La forma de apostar es muy característica: dos personas se desafían y pactan una cantidad determinada de dinero que depositan en manos de una persona que les merece confianza, el cual es depositario hasta que el juez da el veredicto final. La carrera se pacta con el tiempo suficiente para preparar los caballos.   En este tipo de carreras no se utilizan monturas ni riendas; se corre en pelo o con un pelero sujeto por una correa de cuero y, a modo de riendas, se usa una especie de bozal. Generalmente, los jinetes son de pequeña estatura o delgados. Luego del ceremonial del paseo de los animales que van a correr, para que el público los pueda admirar y sacar sus propias conclusiones, los jinetes y dueños van al pesaje.   En este deporte también se habla de carreras arregladas, en las que el ganador ya está establecido de antemano, una situación que no es conocida por la mayoría de los apostadores, sino que solamente por un grupo reducido y allegado a los corredores implicados. A este tipo de carreras se les llama “rusa” o “barril”.   En la provincia del Huasco, las carreras a la chilena se encuentran plenamente vigente hasta ahora y se corren en las haciendas cercanas a Vallenar, en Alto del Carmen (El Tránsito) y en Huasco Bajo.   En la antigüedad, en Vallenar las carreras a la chilena llegaron a contar con un hipódromo, según lo atestigua el escritor José María Vega en su libro “Recuerdos de Vallenar”. Allí, él dice que “los domingos en la tarde, los amantes de este deporte se congregaban en el lugar que hoy se conoce como población Los Carrera, cuya pista estaba ubicada muy cerca de la falda del cerro. Las entradas y apuestas eran pagadas en ventanillas especiales, pues las carreras no eran ocasionales, sino de participación de ejemplares que varios vallenarinos mantenían con atención requerida. La inscripción de participantes era obligatoria para la confección de programas que se publicaban días antes.   No sé si usted concuerda conmigo, estimado (a) lector (a), pero qué lindo es revivir estas tradiciones “dieciocheras”, las que conocimos, admirados y aprendimos desde niños.  

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