Vivir sin racismo y sin segregación

Por Katia Riveros Zepeda

Educadora de Párvulos

Profesora de Educación Diferencial

Magister en Educación

Doctoranda en Educación y Eco transformación

Cada 30 de septiembre, en Chile se conmemora el Día contra el Racismo. La fecha está vinculada a la muerte, en 2017, de Joane Florvil, una joven madre haitiana cuya historia permanece como una herida abierta para nuestra sociedad.

Joane había acudido a la Municipalidad de Lo Prado buscando ayuda tras el robo de sus documentos. No hablaba español y las dificultades de comunicación, junto con la ausencia de una mediación lingüística e intercultural adecuada, derivaron en una acusación de abandono de su hija, su detención y una sucesión de acontecimientos que marcaron sus últimas semanas de vida. Tenía 28 años.

Su historia permite comprender que el racismo no siempre se presenta de manera explícita. También opera en la forma en que miramos un cuerpo, interpretamos una conducta, escuchamos una voz o atribuimos intenciones antes incluso de conocer una historia. Hay cuerpos sobre los cuales la sospecha parece instalarse con mayor rapidez que sobre otros.

En este punto, la reflexión de la socióloga María Emilia Tijoux sobre la raza y los procesos de racialización resulta fundamental. Las razas humanas no constituyen categorías biológicas capaces de establecer diferencias esenciales entre las personas y, sin embargo, la idea de raza continúa produciendo efectos profundamente reales. La piel, las facciones, la lengua, el origen o la nacionalidad pueden convertirse en marcas sociales sobre las cuales se proyectan prejuicios, temores y jerarquías.

La piel deja entonces de ser solamente piel. Sobre ella se escribe una historia que muchas veces la persona nunca escribió: quién suponemos que es, de dónde viene, cuánto sabe, de qué es capaz, si pertenece o no pertenece, incluso si podemos confiar en ella.

Por eso, frente a la historia de Joane permanece una pregunta difícil de eludir: ¿habría sido leída de la misma manera por las instituciones si hubiese tenido otro color de piel, otra nacionalidad o hubiese hablado español?

La pregunta importa porque desplaza la discusión desde las intenciones individuales hacia nuestras formas de mirar y hacia las prácticas que las instituciones han naturalizado. El racismo no requiere necesariamente que alguien se declare racista. Puede actuar silenciosamente en categorías, procedimientos, sospechas y decisiones aparentemente neutras.

En Fratelli tutti, el papa Francisco escribe que «todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad». La afirmación parece sencilla, pero contiene una profundidad política y ética enorme. La dignidad antecede al pasaporte, a la frontera, a la lengua, al color de piel y a cualquier clasificación con la que intentemos ordenar la diversidad humana.

Esta reflexión alcanza inevitablemente a la educación. Las escuelas son algunos de los primeros espacios donde aprendemos a convivir con quienes tienen otras historias, cuerpos, culturas, lenguas y formas de comprender el mundo. Allí también aprendemos —muchas veces sin que nadie nos lo enseñe explícitamente— quién pertenece, quién queda fuera, qué diferencias celebramos y cuáles convertimos en motivo de distancia.

Educar en derechos humanos significa entonces algo más profundo que conocer declaraciones y tratados. Tiene relación con aprender a mirar al otro sin reducirlo a una categoría. Con reconocer nuestros propios prejuicios. Con preguntarnos qué hemos aprendido a normalizar y qué experiencias permanecen invisibles porque no forman parte de nuestra propia vida.

Desde una pedagogía del estremecimiento, la historia de Joane plantea todavía otra pregunta: ¿qué nos ocurre frente al sufrimiento del otro?

Hay acontecimientos capaces de interrumpir nuestra comodidad.Nos estremecen porque hacen visible aquello que preferiríamos no mirar. Pero el estremecimiento pierde sentido si queda únicamente en la emoción. Su potencia aparece cuando esa conmoción nos lleva a pensar, a interrogarnos y a revisar nuestras formas de relacionarnos con los demás.

A nueve años de su muerte, Joane Florvil continúa interrogándonos. No solamente por aquello que le ocurrió, sino por las condiciones que hicieron posible que ocurriera.

Tal vez allí comienza una reflexión verdaderamente profunda sobre el racismo: no preguntándonos únicamente quiénes son racistas, sino qué formas de mirar, clasificar y separar hemos aprendido a considerar normales.

Vivir sin racismo y sin segregación comienza también por desarmar esas “normalidades”.

Antes de cualquier frontera, nacionalidad, lengua o color de piel, está la dignidad de una persona.

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