Dr. Héctor Montory Córdova, médico miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET).
Los datos obligan a dejar de hablar de salud mental laboral ya no como un problema futuro, sino como una urgencia que es necesario abordar. La duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental en Chile Achs-UC, desarrollado por la Asociación Chilena de Seguridad y el Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales y difundido el 6 de octubre de 2026, mostró el mayor deterioro simultáneo desde la pandemia: subieron depresión, ansiedad, soledad e insomnio. Un 18,5% presenta problemas de salud mental y el insomnio moderado o severo aumentó de 8,6% a 14,3%.
Estos números hablan de una crisis que también compromete nuestra capacidad para reconocer síntomas y pedir ayuda. Hay señales que no debiéramos normalizar: alteraciones del sueño, irritabilidad, dificultades para concentrarse, falta de motivación o conductas evitativas. Tampoco es normal que se nos “apriete la guata” o aparezcan ganas de llorar por comenzar la semana laboral.
Dormir mal aumenta la vulnerabilidad frente a trastornos de salud mental y, cuando estos ya existen, puede profundizarlos. Se genera un círculo difícil de romper: el insomnio favorece el malestar y el malestar empeora el sueño. La hiperconectividad, los turnos y jornadas extensas tampoco ayudan. Priorizar descanso y actividad física ayuda, pero ninguna “higiene del sueño” compensará una cultura laboral donde todo parece urgente: si todo es urgente, nada lo es.
A esto se suma un estresor nuevo: la incertidumbre tecnológica. Un 24,7% declara alto estrés ante la posibilidad de perder el empleo y un 23,3% teme que la automatización o la inteligencia artificial afecten su estabilidad laboral o la de su familia. Adaptarse y capacitarse es necesario, pero no siempre basta. Cuando la preocupación invade la vida cotidiana o compromete la ejecución segura del trabajo, buscar apoyo profesional es fundamental.
Y estamos llegando tarde; el Informe Anual de Licencias Médicas 2025 de la Superintendencia de Seguridad Social señala que 810.629 trabajadores utilizaron licencias asociadas a trastornos mentales y del comportamiento: el 34,3% de quienes usaron licencias, por sobre enfermedades respiratorias y musculoesqueléticas.
La prevención no puede comenzar con la licencia médica. Debe empezar antes: desde el clima laboral, el buen trato; hasta programas en el trabajo que favorezcan la comunicación, los ciclos de sueño, la actividad física, la alimentación, el manejo del estrés y la conexión social. Pasamos cerca de un tercio de nuestra vida adulta trabajando. Ese tiempo puede ser un factor de riesgo o una oportunidad de protección. La Medicina del Trabajo debe ir río arriba: intervenir antes de que el malestar se transforme en enfermedad. Invertir en salud laboral no es un gasto accesorio; es una decisión sanitaria, humana y productiva.







